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, la capital de Michoacán, también vive de en sus calles antiguas: mezcla de romance, tragedia y fantasmas.

Aquí te contamos 3 de las más famosas.

Amor prohibido en el convento

La tradición oral cuenta que algunas religiosas del Convento de las Monjas Descalzas vivieron amores prohibidos que desafiaron sus votos.

Foto: Casa de la Cultura de Morelia
Foto: Casa de la Cultura de Morelia

La leyenda más conocida es la de una novicia que sostuvo un romance secreto con un hombre acaudalado.

Descubiertos y castigados de manera trágica, “sus espíritus aún vagan por el recinto”. Estos relatos hacen del convento uno de los escenarios más misteriosos de la ciudad y un punto de interés para turistas que gustan de lo sobrenatural.

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El romance del acueducto

Entre los arcos majestuosos del Acueducto de Morelia también se susurra una historia de amor imposible.

Se cuenta que, mientras se levantaba esta emblemática obra, un joven trabajador quedó cautivado por una mujer de la alta sociedad. Lo que comenzó como miradas furtivas terminó en un romance secreto que desafió las normas de la época.

Foto: Sectur Michoacán
Foto: Sectur Michoacán

Al ser descubiertos y acorralados por quienes vigilaban la construcción, prefirieron lanzarse desde lo alto, antes que renunciar a su amor.

Hay quienes aseguran que, en las noches de luna llena, se distinguen dos figuras tomadas de la mano recorriendo aquellos arcos, manteniendo viva una de las leyendas románticas más conmovedoras de Morelia.

Los novios de la casa roja

En una antigua casa de color rojo, en la calzada Fray Antonio de San Miguel, nació una de las leyendas románticas más tristes (y espeluznantes) de Morelia: Leonor, joven bondadosa, conocida como “el ángel de San Diego” por ayudar en secreto a los fieles del Santuario Guadalupano, vivía sometida al encierro y los celos de su madrastra.

Foto: iStock
Foto: iStock

Un día, conoció y se enamoró de don Manrique de la Serna. Él pidió su mano, pero el padre impuso como condición una carta del virrey, y mientras el enamorado la conseguía, ambos se encontraban de noche y a escondidas, junto a la reja del sótano donde ella permanecía prisionera.

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Al descubrirlos, la madrastra, no solo la dejó encerrada, también sin comida. Aunque Leonor sacaba su mano por la reja para pedir pan, terminó muriendo. Su amado volvió con la autorización, pero solo para sepultarla en el cementerio de San Diego.

En esa casa, dicen, aún se escuchan lamentos. Hoy, la casona es un espacio cultural de la UNAM.

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