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Monterrey.— La final del repechaje mundialista no pudo tener mejor escenario que el Gigante de Acero. Quienes pusieron la fiesta fueron iraquíes y bolivianos.
Como suele suceder en partidos de eliminación, ganar o perder tiene un significado más grande. Estaba en juego el último boleto a la Copa del Mundo. La tensión, los nervios, la ansiedad, y también la emoción, eran notorios en cada uno de los asistentes al estadio del Monterrey. Sin embargo, con gran espíritu futbolero, la mejor forma que encontraron de calmar sus emociones fue a través de cánticos y bailes con sus banderas al aire.
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Antes del partido, un grupo de jóvenes regiomontanos confesó a EL UNIVERSAL Deportes la emoción y el orgullo que les representa presumir su ciudad ante gente de otros países.
“Es algo muy bonito, es muy diferente a lo que tenemos cada semana aquí con el Monterrey. Se siente con madre, porque es algo que no se va a repetir pronto y es padre ser parte de una etapa importante en el proceso mundialista”, declaró uno de ellos.
Las tribunas del hogar de los Rayados, normalmente llenas de camisetas y banderas albiazules, se tiñeron de otros colores. Rojo, amarillo y verde por un lado; rojo, blanco y negro del otro. A Iraq y a Bolivia los separan miles de kilómetros, el idioma y hasta la religión, pero por un día compartieron algo en común: la ilusión.
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