La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha estado en mi radar desde que estaba en la licenciatura en Física de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a finales de los años 70. Mi sueño desde niña fue ser astrónoma, por lo que me encantaba ver los programas de televisión Astronomía, Introducción a la Universidad, de la UNAM y Fundación Televisa. Cuando terminé la carrera, en 1982, acepté un trabajo en la Subsecretaría de Infraestructura y Tecnología del Agua de la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (SITA-SARH), que estaba a media cuadra del Parque México, en la Ciudad de México. Tomar ese empleo tuvo dos objetivos: hacer mi tesis de licenciatura y conocer a los investigadores del Instituto de Astronomía de la Universidad para después realizar una maestría allí.
En la SITA-SARH elaboré mi tesis sobre física de nubes con base en experimentos en un túnel de viento para medir el tamaño de gotitas atrapadas en aceite simulando que estaban en una nube. También llevé a cabo, junto con otros colegas, experimentos de campo en lugares altos (cerca de las nubes), como en el Iztaccíhuatl y en el lago de Toluca, donde probamos distintos aparatos, como espectrómetros de gotas de nube. En ese periodo (1982-1984) colaboré con varios jóvenes que ahora son investigadores del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, como Arturo Quintanar y Fernando García García.
Al llegar a la Ciudad de México hice una cita con el doctor Luis Rodríguez, en ese entonces director del Instituto de Astronomía de la Universidad. Cuando me reuní con él en 1982 me preguntó por qué quería estudiar Astronomía. Le respondí que era de un pueblo de Nuevo León donde el cielo y las estrellas se veían divinos en las noches, que hasta se podía ver el Camino del Patrón Santiago (la Vía Láctea). Él me dijo que tal vez tenía una idea muy romántica de la astronomía, porque los investigadores del Instituto iban dos semanas a San Pedro Mártir, Baja California, para hacer mediciones en el telescopio, y el resto del tiempo se la pasaban en la capital del país, donde los astros casi no se podían apreciar. Le contesté que eso no era un problema. Seguí visitando el Instituto y yendo a las reuniones de la Sociedad Mexicana de Física, donde conocí a Silvia y Manuel Peimbert y a otros astrónomos de la UNAM.
Sin embargo, en los dos años que estuve en el laboratorio de física de nubes me empezó a gustar el estudio de la atmósfera y, tal vez un poco influenciada por lo que me comentó el doctor Rodríguez, me dije: “Si los astrónomos estudian la atmósfera de otros planetas, ¿por qué no empezar con la de nuestra Tierra?”. Y de ahí surgió una línea paralela en mi vida: mi pasión por la atmósfera y el clima de nuestro planeta, en una época en la que éramos muy pocos en esa área en México. Lo demás es historia: me fui a estudiar al extranjero por varios años y desde el 2001 trabajo como investigadora (climatóloga) en el Departamento de Oceanografía Física del CICESE. Curiosamente, enfrente de nuestro edificio está el Instituto de Astronomía de la UNAM, campus Ensenada, por lo que ser una astrónoma romántica no hubiera sido tan descabellado; en las noches, las estrellas y los planetas siempre me llaman.
Estudio la variabilidad e impacto de diversos fenómenos meteorológicos y climáticos que afectan a México y a otras regiones del mundo y cómo podrían transformarse bajo condiciones de cambio climático. Varios de mis trabajos han sido realizados en colaboración con colegas de la Máxima Casa de Estudios y de otras instituciones. Estos temas, tan relevantes ahora, me acercaron a la Fundación UNAM, gracias a las invitaciones que he tenido por parte del doctor Jaime Urrutia y el licenciado Dionisio Meade, presidente de la Fundación UNAM.
He participado en varias ocasiones en los programas del Ciclo de Documentales Jueves de Ciencia, en los que diversos expertos discutimos el tema en cuestión del documental y su relación con México, como, por ejemplo, la contaminación del aire, los gases de efecto de invernadero, los bosques y el cambio climático. También he sido parte del Ciclo de Conferencias de los martes en coordinación con el Consorcio de Universidades por la Ciencia, para hablar sobre sequías, eventos extremos, olas de calor, océanos y cambio climático. Estos dos formatos de divulgación, como otros que tiene la Fundación UNAM, son un gran acierto porque atraen una audiencia amplia (nacional e internacional) por la pluralidad de temas científicos que se abordan cada semana y porque los difunden no sólo en TV UNAM, sino también en diferentes redes sociales.
Felicito a la Fundación UNAM en su trigésimo segundo aniversario por sus continuas y acertadas actividades de divulgación para todas las edades, porque siembran la semilla del conocimiento y el gusto y pasión por la ciencia.
Coordinadora del Programa de Posgrado en Oceanografía Física, Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE)
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