Fue hace muchos años que mi relación con la UNAM inició; yo diría que desde mis abuelos. Mi abuelo Carlos realizó el proyecto de la jardinería de Ciudad Universitaria; inclusive recuerdo con cariño una foto de mi abuela Rebeca parada por primera vez en el pasto recién sembrado del Estadio Olímpico Universitario. Así que mi abuelo sembró las maravillosas jacarandas que nos regalan sus morados cada marzo, así como las yucas, los juníperos y fitolacas que disfrutamos en el jardín central, ahora reconocido patrimonio de la humanidad. Después, mis padres, ambos químicos, orgullosamente egresados de la Facultad de Ciencias Químicas. Una mañana, mi padre Eduardo Cruz González me dijo: ven, te voy a enseñar el proyecto en el que estoy trabajando, y ese día conocí un lugar lleno de máquinas que tenían rollos de cintas que giraban continuamente en habitaciones muy frías; era el Centro de Cómputo de la UNAM. También recuerdo a mi madre, la maestra Irma Cárdenas, dando clase en un laboratorio de la Facultad de Química, dando a sus alumnos de análisis “problemas”: substancias de diferentes colores extraídas de pequeños frascos, los cuales los alumnos tenían que someter a diversas pruebas: punto de fusión, olor, color, disolvencia y muchas más, hasta lograr descifrar qué sustancia era.

Creo que fue ahí, dentro de sus laboratorios, donde surgió mi amor por mi universidad y por la docencia.

Años después decidí estudiar una licenciatura que uniera la ciencia y el arte, y la odontología reunía estas cualidades. En 1984 realicé mi examen de ingreso; fue una jornada larga y cansada, horas con la cabeza inclinada, sentada en el Estadio Azteca, resolviendo múltiples preguntas; fue un gran reto. En la pregunta de ¿qué carrera elegir?, coloqué tres opciones: 1) Odontología, 2) Odontología, 3) Medicina. Felizmente ingresé a la Facultad de Odontología. Este gen puma lo heredó también mi hermana Irma, quien realizó una destacada carrera en la Facultad de Medicina, ejerciendo como médico internista en diversos hospitales en Estados Unidos, incluyendo el Massachusetts General Hospital. Nuestra querida Universidad trascendiendo fronteras.

Tuve grandes maestros que me motivaron cada día, me apoyaron con paciencia y vocación. Recuerdo al Dr. Javier Portilla Robertson, que fue el primero que, como Director, creyó en mí, apoyándome en diferentes proyectos como el diseño y creación de la primera aula de videoconferencia, cuando esta tecnología apenas se conocía. En ese entonces, solo la Facultad de Medicina y Contaduría contaban con esa tecnología. También recuerdo su apoyo en el proyecto del Departamento de Recursos Audiovisuales, donde realizamos la producción de decenas de videogramas de procedimientos dentales; revisando guiones que se convertían en tesinas, grabamos y editamos todo este material como apoyo a seminarios de titulación, todo con el fin de que nuestros estudiantes comprendieran mejor todos los procesos clínicos. También creamos la videoteca de la Facultad de Odontología. Fue una época de grandes avances para nuestra Facultad.

También recuerdo con respeto y cariño al Dr. Alfredo Tolsa Gómez Tagle y al Dr. Javier Díez de Bonilla, quienes me apoyaron en el área de rehabilitación oral, cátedra que impartí más adelante. Sus consejos atinados fueron invaluables para crear el bagaje académico que hay en mí. Comprendí que los maestros tenemos una gran responsabilidad con la sociedad y firmemente considero que los maestros son el baluarte de nuestra querida Universidad.

Después realicé una especialidad en Prótesis Bucal y un diplomado en Implantología Oral en la División de Estudios de Posgrado e Investigación. Era necesario especializarse para profundizar en el conocimiento y ofrecer un mejor servicio.

¡Fue tal la huella que dejaron mis maestros que decidí continuar su legado, había que enseñar a las futuras generaciones todo lo que yo sabía y más!

Años después participé como miembro del Honorable Consejo Técnico de mi Facultad; fue un gran reto, ya que fue durante la pandemia de COVID-19. Fuimos el primer Consejo que sesionó en línea, donde se puso a prueba nuestra resiliencia como seres humanos y académicos, tomando decisiones de alta responsabilidad, siendo prioridad la seguridad y el bienestar de nuestra comunidad. Se me encomendó la tarea de participar con un grupo de profesores en la realización del Manual de Bioseguridad de la Facultad de Odontología, guiados por el Dr. Luis Gaytán. Había que diseñar un manual que protegiera a nuestra comunidad y a nuestros pacientes, ya que nuestra profesión se había convertido en una actividad

de alto riesgo, y así lo hicimos. Este manual fue también utilizado en diferentes universidades y regiones de Latinoamérica.

Fue en esa época que estudié una maestría en Diseño y Gestión en Educación Virtual. ¡La forma de impartir cátedra había cambiado para siempre! Diseñé una plataforma digital educativa sobre rehabilitación oral, donde nuestros estudiantes tienen acceso en cualquier momento y lugar a esta información. ¡Era la única manera de comunicarme con mis estudiantes y seguir adelante con mi labor académica! Había que formar odontólogos con pensamiento crítico, con bases éticas, fomentar la automotivación y autodisciplina, para lograr egresados autogestivos de la más alta calidad, que serían los odontólogos que cuidarían la salud bucal de la población en México. Y así lo hice por más de tres décadas, con amor y entrega, devolviendo algo de todo lo que mi Universidad me había dado.

La Facultad de Odontología desempeña un papel fundamental en nuestra Universidad, ya que forma a los futuros cirujanos dentistas con un activo papel dentro de la salud pública de nuestro país. Al ofrecer atención dental dentro de sus instalaciones, clínicas periféricas y en el edificio de posgrado e investigación, donde se realiza investigación de impacto nacional y tratamientos multidisciplinarios, guiados por profesores comprometidos con la enseñanza y difusión del conocimiento.

Por último, decidí participar como Vicepresidenta en la creación de la Sociedad de Exalumnos de la Facultad de Odontología, donde uniremos a todos nuestros egresados, creando una amalgama humana que ni siquiera el tiempo separará.

Ahora, al ver el escudo de la UNAM en cualquier lugar, siento el abrazo, la seguridad y la pertenencia a mi querida Universidad. Y como bien lo dicen en el Programa de Vinculación con Egresados: “En cualquier lugar del mundo que exista un egresado, ahí estará mi UNAM”.

Reconozco la gran labor realizada por Fundación UNAM, que ha logrado dar miles de oportunidades a estudiantes que, como semillas valiosas, esparcidas por el mundo, ha logrado impulsar a tan valiosos seres humanos. Y como bien lo ha expresado el Lic. Dionisio Meade: “Se ha sembrado en todos ellos el espíritu universitario”. Estas semillas serán el presente y el futuro de este nuestro mundo. Ellos son los que continuarán el legado.

“Por mi Raza Hablará el Espíritu”

Especialista prótesis bucal e implantología y directora General Odontología Verde