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Hay un antes y un después en la tarea de salvamento arqueológico con la construcción del Tren Maya, asegura el antropólogo Diego Prieto Hernández, exdirector del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en entrevista con EL UNIVERSAL. Dice que el trabajo que se desarrolló incorporó innovaciones de toda índole, uso de tecnologías de punta, la construcción de una plataforma para la digitalización de una inmensa cantidad de información geográfica, fotográfica, videográfica, técnica y de informes cualitativos sobre los objetos, los contextos y los datos arqueológicos que se pudieron recuperar fueron alrededor de dos millones de fragmentos de cerámica o tepalcates catalogados como bienes muebles, y los 66 mil 895 monumentos identificados en todo el trazo de bienes inmuebles.
En la conversación, realizada al día siguiente de que el INAH organizó la mesa académica “La reubicación de patrimonio arqueológico en México. Los casos de Quintana Roo y Campeche”, Diego Prieto celebra el trabajo del arqueólogo Manuel Pérez Rivas, a cargo del proyecto de salvamento en el Tren Maya, y apunta que siempre ha habido críticas al proyecto, pero “no hay por qué lamentarse. No se inventó el salvamento arqueológico con el Tren Maya”.
¿Los arqueólogos cuestionan que para los parques se llevaron sólo las fachadas?
No, no son fachadas, son los cuerpos de edificio como estaban más o menos. Lo único adicional es la plataforma de desplante de estos edificios, no es solo la fachada, en muchos están los muros, incluso interiores, en general son los rectángulos que conforman las crujías, a veces con muros o puertas interiores. En algunos casos están los tableros con algunos relieves o grafías en la fachada... En general, los edificios mantienen su orientación astronómica porque en la arquitectura mesoamericana y maya es muy importante cuidar la orientación. Se cuidó que los sillares se correspondieran en el lugar en donde estaban, probablemente en algunos casos hubo que integrar elementos para garantizar la estabilidad estructural, eso se vale. Se vale cierto sentido de anastilosis o reintegración estructural cuando hablamos de edificios.
En fin, yo creo que es una técnica cuidada. Obedece a un método, a un sistema, pero que también como toda intervención arqueológica, está sujeta al debate y a la deliberación. Lo mismo ocurre en el caso de la arqueología, lo señaló muy bien Antonio Benavides cuando dijo que siempre había un elemento invasivo, incluso utilizó la palabra “destructivo” en cualquier excavación arqueológica.
¿Lo más difícil fue negociar con las fuerzas militares?
La necesidad fue compaginar dos visiones disciplinarias bastante distintas. La de las Fuerzas Armadas, la del ejército en sí, que tiene un tipo de disciplina, de jerarquía, de manera de asumir la obediencia a las instrucciones o a las órdenes del superior, y el del arqueólogo o el antropólogo donde todo está sujeto a réplica. Yo como funcionario en el INAH no le podía decir a nadie “esto se hace porque se hace”.
¿Quién estuvo más a cargo de discutir el Tren Maya que el INAH? Ni la UNAM. Ahí estaban los detractores, pero también estaban los impulsores y siempre hemos estado hermanados, por eso no estoy de acuerdo que digan que el INAH está dividido. Si por dividido se entiende que haya opiniones distintas, pues dividido ha estado desde su fundación. Porque siempre hay corrientes teóricas metodológicas distintas.
¿Difícil negociar cuando el Tren Maya fue una decisión presidencial?
Ante todo fue una decisión gubernamental asumida por el presidente, y él nos llevaba prácticamente todas las semanas al territorio cuidando la obra. Él desde un principio se propuso impulsar y terminar esa obra y tuvo que sortear una muy activa oposición que todavía se refleja y que quiere sacar alguna clase de balance negativo de ese proyecto. Los balances se seguirán haciendo, no hay ningún problema. Ya la historia ubicará a cada quien en su lugar. Pero pues no es que haya sido una imposición, porque en ese sentido toda obra pública pues es una imposición al INAH, porque el INAH no decidió el metro, aunque sí impidió que una línea cortara el zócalo en diagonal. El INAH no decidió un proyecto carretero como la autopista Siglo XXI, pero ahí tenemos que estar a fuerza, nos guste o no porque nuestra tarea es lograr el salvamento de la información y valiosos materiales arqueológicos.
No hay por qué lamentarse. No se inventó el salvamento arqueológico con el Tren Maya. Lo único que este salvamento arqueológico tuvo una dimensión impresionante y además tuvo vinculado a un proyecto polémico porque pues prácticamente todos los proyectos de la cuarta transformación, así llamada, pues son han sido polémicos porque evidentemente pues hay un debate político alrededor de todas estas obras.
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¿Qué se cuestionaría haciendo un balance negativo?
Creo que el primer, el mayor cuestionamiento que yo me hago es buscar una acción patrimonial, una acción cultural y un trabajo académico en el ámbito arqueológico e histórico más cercano a las comunidades y pueblos. Como funcionario y como institución creo que tenemos que desarrollar la autocrítica, pero una autocrítica que no se trata ni de rasgarnos las vestiduras ni de estarnos acusando de destrucción patrimonial porque eso en nuestro lenguaje es un delito. Si alguien destruye patrimonio, hay que denunciarlo. Algunos colegas dicen que ya hicieron o van a hacer denuncias, que las hagan, pero niego rotundamente que se haya destruido algún componente del patrimonio arqueológico de este país sin que obedezca a un método, un sistema y un proyecto de investigación arqueológica autorizado por el INAH.
¿Ha recibido notificación?
Yo no he sido notificado de ninguna denuncia penal relacionada con daño o destrucción de patrimonio arqueológico desde que fui secretario técnico, me refiero a 2015 y hasta la fecha. Ni como secretario técnico, ni como director general ni como exdirector he sido notificado desde alguna. Si se han interpuesto, pues probablemente no han avanzado.
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