Ofrendas a los dioses del agua del inframundo marino emergieron de las entrañas del Templo Mayor, donde hoy investigadores continúan excavando los tesoros mexicas que dejaron los antepasados, previo a la Conquista española.
Se trata de las ofrendas 186, 187 y 189, descubiertas por el equipo de expertos liderados por el arqueólogo Leonardo López Luján, que recibe a EL UNIVERSAL en uno de los laboratorios principales del Proyecto Templo Mayor, a escasos metros de la Zona Arqueológica, de la Catedral Metropolitana y del Palacio Nacional.
Sobre las mesas del laboratorio, yacen los resultados de las excavaciones: conchas, caracoles y figurillas de color jade, representaciones de los dioses del agua, especialmente a Tláloc, los cuales brillan y destacan por su belleza.

En otra mesa, se encuentran los restos de las tapas de los cofres donde se depositaron las ofrendas, mejor conocidos como tepetlacalli, que fueron extraídos por arqueólogos en las excavaciones y se encuentran en proceso de restauración.
Además de dar información sobre una ceremonia ritual colosal en tiempos del tlatoani Moctezuma I, estas piezas prehispánicas dan más elementos para conocer más sobre la extensión de poder del imperio mexica entre 1440 y 1469, y permiten concluir que las ofrendas eran depositadas en el recinto sagrado porque algo sucedía con el agua en ese momento, ya sea fuertes lluvias que inundaron la ciudad de Tenochtitlan o fuertes sequías que azotaban a la sociedad.
Aún más impresionante, es que las tepetlacalli fueron halladas debajo de esculturas de cabezas de serpiente, las cuales llegan a pesar hasta una tonelada. “Lo que se ha manejado es que están consagrando a las esculturas, sin embargo, estas tres ofrendas y otras más están relacionadas, están asociadas a la fertilidad y a lo acuático, son representaciones del dios Tláloc”, explica Antonio Marín Calvo, arqueólogo principal de estas excavaciones.
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Los objetos más abundantes que aparecen en las ofrendas son las conchas de mar, en este caso, de los océanos Atlántico y Pacífico, con una intención marcada de representar al inframundo marino.
“Traen especies que proceden de los océanos Atlántico y Pacífico, en este caso, lo que vemos aquí, proceden del Atlántico en mayor abundancia”, detalla Belem Zuñiga Arellano, y agrega que en las ofrendas predominan caracoles de las especies Nerita scabricosta y Hexaplex brassica, los cuales fueron recolectados vivos y posiblemente depositados vivos.
Hay otros caracoles que fueron capturados y luego sirvieron de alimento para los mexicas, detalla la investigadora.
Pero no solo eran conchas y caracoles las especies recolectadas por los mexicas, sino que en otras ofrendas se han encontrado restos de erizos y estrellas de mar, así como diversas especies de peces, como mantarrayas y algunos tipos de tiburones. “El elemento marino está muy bien representado en todas las ofrendas”, apunta Zúñiga Arellano.

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Sobre las figuras, la arqueóloga y jefa de campo del Proyecto Templo Mayor, Alejandra Aguirre Molina, detalla que eran traídas de la zona de Mezcala, en Guerrero, y eran pintadas y decoradas por los mexicas con una intención de ofrendar al dios de la lluvia.
“Pedían constantemente a esta deidad que nos les faltara el agua, o lo contrario, que la quitara por tiempos de inundaciones”, explica Aguirre Molina.
La arqueóloga recordó el caso de la ofrenda 48 encontrada en 1980, en la que se hallaron los restos de 42 niños de entre 2 y 7 años, que fueron inmolados en sacrificio al dios del agua, y que es posible que fuera un pedido a Tláloc para detener la sequía que azotó a la ciudad en 1454.

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Una de las conclusiones destacadas de estos hallazgos es la expansión del poder en el periodo de Moctezuma I, gobernante de Tenochtitlan de 1440 a 1469. “En las fuentes se nos habla de la expansión que tenía este gobernante sobre varias costas, eso lo vemos reflejado en los elementos marinos y en las figuras, digamos que se corrobora lo que nos dicen las fuentes históricas”, señala Alejandra Aguirre Molina.
Sorprendente conservación
Los elementos de las ofrendas, desde los restos de fauna marina y hasta las figuras estilo Mezcala, destacan por su sorprendente estado de conservación. Sobre esta particularidad, Adriana Sanromán Peirón, restauradora del Proyecto, explica que los cofres, hechos con material de piedra, protegieron los vestigios.
Los cofres, explica la investigadora, son como cajas de zapatos que son selladas, y son las que permiten el mejor estado de conservación de lo que se deposita en su interior.
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“Son los contenedores más estables, no dejan pasar fácilmente el agua porque sellan perfectamente, no permiten que sedimentos entren, sin embargo, con el paso del tiempo, y por los hundimientos, las cajas se fragmentan, pero la conservación, en este caso, se debe a que estuvieron confinadas por mucho tiempo, y que no hubo materiales alrededor que estuvieran en estado de composición”, señala.
Acerca del pigmento de las figurillas de Mezcala, que luce aún colorido y brillante en varias de las esculturas, Sanromán Peirón dice que se debe a los rellenos alrededor de la ofrenda, que protegieron a los elementos, y también por la orientación en la que fueron colocados, ya que se evitó que fueron invadidos por agua en tiempos de fuertes lluvias o inundaciones, pero no significa que no se mojaron, sino que fue paulatino, lo que contribuyó a su conservación.
Un dato curioso es que encima de los cofres, a un metro de distancia, fueron colocadas las cabezas de serpiente. “Entre el cofre y la cabeza de serpiente había un metro de distancia, en ese espacio había relleno de tierra, tezontle”, explica Marín Calvo, y añade que todo el contexto, desde la orientación del cofre, sus elementos y luego la colocación de las cabezas de serpiente se hizo con una intención.

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“Fue intencional que los mexicas rompieron el piso para colocar los cofres, sacaron la tierra, la colocaron y luego rellenaron con la misma tierra, al final, colocaron la cabeza de serpiente como una forma de clausurar la ceremonia de colocación”, explica.
Acerca de las figurillas y restos de conchas y caracol, Sanromán Peirón señala que algunas piezas se encuentran en proceso de estabilización. Otras, mostró a esta casa editorial, se encuentran en proceso de embalaje, para ser resguardadas en las bodegas del Museo del Templo Mayor.
“Lo que resta en algunas piezas es terminar el fijado de los pigmentos, revisar nuevamente el fijado de los periostracos (capa orgánica de los moluscos), para fijarnos que todo esté bien y en orden, y trasladarlos a la bodega de resguardo del museo del sitio”, explica la restauradora.

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Una ceremonia colosal
Leonardo López Luján explica que las figuras antropomórficas traídas desde Mezcala son los restos de una gran ceremonia de grandes proporciones.
“Es claro que los mexicas usaron estas esculturas Mezcala en una ceremonia verdaderamente espectacular y de grandes proporciones. Muchas de ellas fueron introducidas en cajas cuadrangulares de piedra (tepetlacalli) y enterradas en un ritual fastuoso en la base del Templo Mayor”, reitera López Luján.
Para el arqueólogo, cada cofre es un tesoro, una cosecha a los dioses del agua. “Es decir, cada caja encierra un grandísimo tesoro, el agua y la fertilidad necesarias para las buenas cosechas. Ese ritual masivo y de gran ostentación, propio de un imperio recién fundado, se habría realizado entre 1447 y 1450”, detalla.
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El arqueólogo añade que las figurillas de Mezcala han sido codiciadas por los saqueadores, por lo que es común que se encuentren en colecciones privadas en el extranjero.
“Te comento que estas bellísimas esculturas, esquemáticas y de una gran calidad plástica, fueron muy apreciadas en el mercado negro. Hubo una enorme demanda por parte de los coleccionistas de Estados Unidos y Europa en los años 30 hasta los 60; en su saqueo y trasiego estuvieron implicados tanto nacionales como extranjeros. Eso explica por qué hoy en día hay tantas esculturas Mezcala en las colecciones públicas y privadas del extranjero, y por qué está tan saqueado arqueológicamente el norte de Guerrero”, concluye.
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