Hoy se estrena Misantropías, de la Compañía Nacional de Teatro. Luis de Tavira dirige esta obra de Héctor Mendoza, cuya temporada termina el 3 de mayo y que se presenta a manera de homenaje al dramaturgo (el 29 de diciembre se cumplieron 15 años de su deceso).
La obra, que entabla un diálogo con El misántropo, de Molière, trata sobre la discusión de la propiedad de un teatro y un marqués ambicioso que ha llevado el tema a juicio. De Tavira, quien además fue alumno de Mendoza, afirma que Misantropías abre preguntas sobre el funcionamiento de la justicia: tiene vigencia, dice, al señalar el radicalismo de los principios, una vigencia que coincide con la forma en que se nombra a los jueces. “¿A través de acordeones?”, se pregunta y menciona la reforma electoral. “Estoy lleno de esperanza, convencido de que el teatro es lo más urgente para el momento terrible que vivimos, rodeados de barbarie, en esta crisis de valores y nihilismo donde lo que es se anonada y la tremenda incomunicación que implica la falta de habitar el aquí y el ahora, que es lo que el teatro hace. Me gusta cada vez más el teatro y el privilegio de hacerlo. Tengo 77 años, entonces, lo que la vida me siga regalando. Yo espero estar en condiciones de poder hacer y crear con los demás este arte maravilloso de la reunión”.
¿De qué forma el teatro se opone al nihilismo?
Yo creo que no estamos viviendo en el siglo XXI, es decir, que la simetría de la cantidad de años que establece que este es el siglo XXI y aquel es el otro siglo es una convención matemática en la que todos nos ponemos de acuerdo. Es tamos en el siglo XXI, pero en realidad el siglo en el que vivimos empezó en 1945, con el estallido de la primera bomba atómica en Hiroshima y la verificación de la desintegración de la materia. Entonces, no sólo se desintegró el átomo, sino que se ha estado desintegrando todo lo que es. Es una crisis de pérdida y destrucción, desintegración de lo que somos, el mundo convertido en supermercado. La guerra continúa. Los americanos tiraron la bomba diciendo que con eso acababan con la guerra mundial, pero la guerra no ha parado.
El ser humano es una cifra de consumo. Todo aquello que es se lleva al mercado para encontrar su precio, su negocio. El sistema que supuestamente triunfó después de la Guerra Fría y darnos cuenta de que el llamado socialismo real era cualquier cosa menos real. El triunfo del capitalismo y del neoliberalismo es un fracaso total: hay muchos más pobres que antes, la gente la pasa muy mal y la riqueza que se produce con los bienes de todos está cada vez en menos manos. Uno ve a los jóvenes sin esperanza ni comunicación, fuera de la realidad, prófugos en lo virtual.
¿Dónde encuentra usted ese sentido de humanidad?
En lo que llamamos poética, solidaridad, compasión, capacidad de sentir al otro, estar con el otro. Ahí reside lo que somos como espíritu, ahí fundamos la dignidad humana. Es urgente en un momento de despersonalización y deshumanización como el que estamos viviendo. La maldad es muy famosa. En las noticias, la bondad no parece estar de moda ni ser famosa. Y, de pronto, en aquel que se hace cargo del otro está la inmensa bondad. Ahí recuperamos lo que somos. El teatro es el arte de la persona. Persona es una palabra teatral. A partir de la experiencia del teatro, nos concebimos personas. La persona tiene un llamado a la soberanía de sí misma, a convertirse en sujeto de la aspiración de ser libre. Pero la libertad no está en esa voluntad consumista. La libertad es un ejercicio de la conciencia. Allí está la capacidad de construir la conciencia. Sólo el que tiene acceso a la conciencia puede ser libre.
Lo que llamamos democracia no es la posibilidad de ir a votar. La gente va a las urnas como si fuera al supermercado y elige entre esto y aquello, no porque sepa o pueda decir qué es mejor, sino por la publicidad. Estamos atrapados en un mundo convertido en mercado y publicidad, que siempre es un engaño. Pero también está convertido en el miedo.
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¿A qué se refiere?
El control social viene a través de infundir miedo. A lo que se dedica este señor [ Trump ]que ha llegado al poder, en una supuesta democracia, es a crear miedo y amenazar. Todos estamos ahí. Luego está la publicidad del terror, estamos en la era del terror. El terrorismo viene ahora del poder, e l poder controla aterrorizándonos. ¿Qué nos libra de eso? La conciencia, la capacidad de la esperanza.
¿Cómo describe al enemigo?
Aquel que nos aliena. En la Conferencia de Seguridad de Múnich se soltó un discurso terrible sobre la grandeza de Occidente, la superioridad de los occidentales, productores de riqueza. Es el discurso neocolonialista llevado al extremo. Es sorprendente porque me suena, exactamente, a Mi lucha, de Hitler. Es la superioridad de los arios y, por lo tanto, el odio a los migrantes subdesarrollados, a quienes se ha despojado. ¿Qué surge de esto? Racismo, odio a los migrantes que les han hecho el trabajo a estos capitalistas, odio a los demás, consideración de superioridad de la raza blanca. Ya sabemos a dónde llevó esto: es el discurso de Hitler. Peor, diría yo.
Todo está entretejido, ¿qué opina de la violencia en México?
Es el desencadenamiento de la barbarie por aquel que nos tiene aterrorizados y donde se ha perdido todo valor. La vida no es respetada y está la voracidad, así sea a partir del tráfico de aquello que más aliena y roba el alma en el consumo. Es decir, eso viene del grandísimo negocio que ha implicado la prohibición. La manera de combatir ese negocio sería legalizarlo, como tantas medicinas que existen, circunscritas al manejo de prescripción (…) No se trata de estos capos a los que se arma para producir la violencia, el imperio del asesinato y la lucha entre ellos y el poder. Se trata de los grandes negociantes que están en Estados Unidos y la inversión en la DEA. Es dinero invertido para el gran negocio. Ellos son, pero no lo señalan.
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