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Irene Jacob es un ícono del cine europeo. También es una buena persona. Y actúa en teatro. El 5, 6 y 7 de marzo encabezó el elenco de Golem, pieza del cineasta Amos Gitai. La obra se presentó en la Sala Roja de los Teatros del Canal, Madrid.
¿Habló en español la protagonista de La doble vida de Verónica y de Rojo? No. Habló en francés. Uno de los muchos aciertos de la obra consiste en que se desenvuelve en tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve idiomas diferentes: español, francés, inglés, alemán, yiddish, árabe, hebreo, ladino y ruso.
Esto nos lleva al lenguaje, a las lenguas, al habla, a la comunicación (o sus intentos) como temas protagonistas de una puesta en escena de 130 minutos.
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Uno siente las muy concretas y constantes dificultades de interacción comunicativa (Habermas dixit) e interacción cultural en Europa y Medio Oriente como una causa del distanciamiento entre personas, entre comunidades, entre países. Realmente nos arraigamos en una tierra, en una o dos lenguas, en un país y en otras pequeñas pertenencias que nos estorban el milenario propósito de vernos como una sola especie humana, dueña de proyectos necesariamente compartidos, como la salud del planeta. Algo de esto se sugiere en uno de los sucesivos monólogos que conforman la obra. Y es que, sí, el diálogo está más bien ausente en estas dos horas de buen teatro, de espléndida música en contrapunto y de actuaciones impecables, incluso entrañables.
El trasfondo argumentativo es la milenaria historia del Golem: Irene Jacob nos cuenta que el relato proviene del siglo iii d. C. y es la historia de una criatura moldeada en arcilla por manos humanas, antecesora con ello de Frankenstein. Los orígenes del mito son complicados. Y, como todos los mitos, es un recipiente que se va moldeando y adaptando (incluso contorsionando) conforme una historia básica se enriquece, se ensancha, se multiplica y, en fin, hace múltiples variaciones según lo necesite cada nueva generación, cada nueva comunidad, cada época.
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Con esta obra, estamos ante un repaso de momentos en que el pueblo judío ha sufrido desde intrigas hasta persecuciones y pogromos.
Desde luego, aparecen la Inquisición (o una suerte de Inquisición) y el nazismo. Un eje es la historia –leyenda– en torno a un niño cristiano a quien se secuestra para que su sangre sirva en el cocimiento de un pan ritual. Ello ocurre en tiempos del errático Rodolfo II (1552–1612). En la obra el niño se vuelve una niña a quien interpreta con gracia Irene Jacob. El Golem ayuda al rabino a desenredar la trama: el padre ha escondido a su propia hija para heredar algún dinero y con ello deja a los judíos en una situación muy peligrosa.
Mentiras, falsas acusaciones, odios repentinos, chivos expiatorios, amenazas en pleno tribunal, intereses creados: el mito está más activo que nunca, y de hecho en algún momento se hace referencia a Gaza: el director israelí lanza un mínimo guiño de simpatía al pueblo más parecido hoy a aquel que ha sufrido intrigas, persecuciones, pogromos durante milenios. De hecho, veo en la filmografía de Amos una película denominada Letter to A Friend in Gaza, de 2018.
En último análisis, estamos ante el drama de los millones de personas que han muerto sin culpa alguna a lo largo de la historia, muchas de ellas como fruto de intereses económicos y territoriales.
La obra comienza con una melancólica y bellísima canción de sabor judeo–mediterráneo; la entona una admirable voz femenina, que se apoya en un arpa. Después tenemos un filme como recordatorio de que el autor es cineasta: durante unos tres o cuatro minutos se nos presenta una enfermería en los terribles tiempos nazis. Al término del filme caen de golpe muchas prendas (pantalones, suéteres, blusas) que nos recuerdan los vestigios de tantas vidas truncadas por la criminal violencia política a lo largo de milenios.
Después de ello, los monólogos se van entrelazando con las canciones (sin que sea un drama musical ni mucho menos) y con la historia de la niña secuestrada por su padre.
A ratos, la densidad amenaza con convertírseme en un exceso de discurso y una cierta reiteración de mensaje. El bache se resuelve por la magnífica puesta en escena y desde luego por el talento actoral, que nunca decae.
El teatro es una delicia, los alrededores son magníficos, el acceso al recinto es muy cómodo gracias al Metro y a varias líneas de autobuses, el precio es accesible: 20 euros hasta abajo (unos 440 pesos).
No es accesible el precio al Estadio Santiago Bernabéu, donde el Real Madrid hizo el ridículo frente al modestísimo Getafe el lunes 2 de marzo, un equipito capaz de jugar como el Toluca o el Cruz Azul en aquellos tiempos en que un golecito bastaba para enconcharse y desesperar al contrario hasta aniquilarlo.
Hasta arriba el costo de es 112 euros, cabecera norte (2,400 pesos); hasta abajo, 1,700 euros (casi cuarenta mil pesos). Le había prometido a mi hijo llevarlo así fuera una sola vez, y fuimos (desde luego, hasta arriba).
Los dos eventos duran dos horas. La diferencia entre ellos es la diferencia entre la cultura letrada y la sociedad del espectáculo. El teatro sobrevive con gallardía y entereza gracias a un público constante y respetuoso. Igual de constante y respetuoso es el público del Real Madrid, que sobrellevó con entereza un pobre desempeño de una media sin imaginación, repetitiva en su intento de jugar siempre por el extremo izquierdo con un Vinicio cansado y de algún modo fácilmente decodificado en sus movimientos por la disciplinada defensa del Getafe.
Sueño con volver al teatro. Sueño con no volver al Bernabéu (magnífico estadio, por cierto, con muy buena visibilidad y magníficas pantallas). Y ya veremos el Mundial: uno de los tres anfitriones está bombardeando hospitales y escuelas para niñas de un país invitado y lanza continuas amenazas a los otros dos anfitriones. “C’est la honte!”, dirían los francoparlantes.
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