Yo soy mi memoria. Es esta una expresión que, sonando retórica, es cierta. Los humanos creemos conocer quiénes somos pero, si bien se mira, lo que podemos saber sobre nosotros se halla en la propia memoria. Gracias a ella sabemos cuándo y dónde nacimos, quiénes fueron nuestros padres y hermanos. Es la memoria la que da sentido a nuestro yo y le ayuda a presentarse ante los otros. En casos extremos, el que pierde la memoria, el amnésico rematado, el que padece Alzheimer, se vuelve anónimo, es como viajero sin equipaje, que anda sin rumbo y, lo peor, no sabe quién es.
Todos pensamos y sentimos que la memoria reside en la cabeza y también sabemos que no se halla en los ojos, ni en la nariz, ni en las orejas sino en el kilo y cuarto de carne que llamamos cerebro. Ahí reside la memoria y gracias a ella conocemos lo que hemos sido, lo que hemos hecho y lo que podemos hacer.
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Con esta, probablemente inesperada, forma de introducción, doy principio a mis Memorias. Pero, ¿por qué hablo ahora de ella en plural? Bien sabemos que la memoria es una, pero para referirme a lo que ha sido mi trayectoria en la vida [...] empleo la palabra en plural. Y esto ocurre asimismo cuando quiero abarcar lo que recuerdo como de cierto interés para otros, los pocos o muchos que me quieran conocer.
Y me atrevo a hurgar en el kilo y cuarto de carne de mi cerebro porque algunos amigos me han insistido en que debo hacerlo. Añadiré que tal vez debo recordar que, hace poco, un comité integrado por los directivos y otros profesionales de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos —una de las más grandes y ricas del mundo— me ha adjudicado el título de “Leyenda viviente”, lo que según entiendo, quiere decir que soy como un relato poco frecuente, un ser que conlleva en su memoria experiencias que, por ir más allá de lo común y corriente, pueden tenerse como legendarias.
Pues bien, yo, leyenda viviente, voy a explorar en mi memoria, que se custodia en ese kilo y cuarto de carne, lo que pueda ella comunicarme acerca de mí mismo. Y emprendo esto cuando afortunadamente o como suele decirse, gracias a Dios, no padezco el mal de Alzheimer. Dicho esto, pongo manos a la obra: escribir mis memorias.
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El inevitable comienzo
Dicen que cuando uno se halla cerca de la muerte pasan ante la propia conciencia, como en rápida proyección cinematográfica, las principales actuaciones que ha tenido a lo largo de su vida. Eso dicen y, en cuanto me sea posible, voy ahora a intentar algo parecido. Este será el primer capítulo de mis memorias.
Por algunas fotografías que tengo, puedo imaginar a mi madre embarazada esperando a su primer hijo que fui yo. Mi madre, Luisa Portilla Nájera, nació en el seno de una familia tradicional mexicana. Un primo ilustre tuvo ella, Manuel Gutiérrez Nájera, nada menos que el iniciador del modernismo literario en México.
Tanto mi madre como mi padre, Miguel León Ortiz, eran personas muy religiosas. Por el lado de él estuve emparentado con el doctor Manuel Gamio, el iniciador de la moderna antropología en México, quien estaba casado con una hermana de mi padre, Margarita. Las familias de mis padres habían vivido holgadamente en situación económica bonancible. Sin embargo, cuando ellos contrajeron matrimonio, por razones que sería largo referir, lejos estaban ya de vivir en la opulencia. Al menos su mentalidad ahorrativa y siendo muy trabajadores uno y otra, vivían con lo necesario, gracias a los limitados recursos de que disponían, en particular los derivados del trabajo de mi padre dedicado a la administración de bienes raíces, actividad por la que recibía comisiones. Algunas fotos que conservo me hablan de cómo mi madre había preparado en un armario la ropita que ella misma había confeccionado, y que habría de ponerme, ignorando desde luego si sería varón o mujercita.

Mis primeros recuerdos
Provienen de aconteceres que puedo situar cuando tenía poco menos de tres años. Afirmo esto porque he podido establecer que allá, hacia fines de 1928, muy cerca de la casa donde nací —en la esquina de las calles de Cedro y Sor Juana Inés de la Cruz, en la colonia Santa María la Ribera— se encontraba un asilo para ancianos conocido como Matías Romero, que aún subsiste. Mi madre me llevaba a ese asilo que tenía un jardín donde podía yo jugar. Recuerdo el jardín y también a una de las personas que ahí trabajaba, la cual un día me regaló una galleta.
Otro recuerdo, cerca de un año después, al regresar un día a la casa en compañía de la tía Lupe, hermana de mi madre, me dijo ella que pronto iba a nacer otro hermanito. En el ínterin ya éramos dos los hijos de la familia, mi hermana María Luisa y yo. El que iba a nacer, Jorge, vino al mundo precisamente el día de la Navidad de 1929.
Un ambiente de contrastes
Pertinente me parece ampliar aquí la mirada para hablar de la situación que prevalecía en México al tiempo de mis primeros años de vida. El país, que apenas se estaba reponiendo de la Revolución que durante varios años se había producido en él, vivía ya un periodo de calma. En ese México, según me lo refirieron mis padres, no había ni secuestros, ni robos, ni crímenes, como los que en la actualidad nos afligen. Ello era patente en el barrio o colonia donde vivíamos, la de Santa María la Ribera, y más tarde en la de San Rafael. Esos barrios estaban habitados por gente mayoritariamente de clase media. Eran barrios muy bellos y según recuerdo, tranquilos, con calles luminosas y casas entresoladas con sus patios y aun pequeños jardines. Por esas calles, pocos años después, transité con mis hermanos y mi madre, bien sea yendo a la escuela o al mercado de San Cosme para adquirir buena parte de nuestros alimentos.
Pero si imperaba esa calma social, se dejaba sentir en contraparte, otro género de perturbación. Se debía ella a un nuevo brote de enfrentamiento entre la Iglesia y el poder civil. Durante el siglo XIX ese enfrentamiento había culminado con la Guerra de Reforma y el triunfo de los llamados liberales. Con Porfirio Díaz, el enfrentamiento disminuyó grandemente en su intensidad. Algunos jerarcas eclesiásticos, como el obispo Martín Tritschler y Córdova, llegaron a tener cercana amistad con el presidente Porfirio Díaz.
Pero consumada la Revolución de 1910, y con la proclamación de la Constitución de 1917, gobiernos como los de Álvaro Obregón, en primer lugar, y luego con mucha mayor intensidad, el de Plutarco Elías Calles, revivieron el antiguo antagonismo. Esto se tradujo en un levantamiento armado, el de los cristeros, y en una acción de la Iglesia dirigida a presionar al gobierno por medio de la que puede describirse como una especie de “huelga” del culto religioso.
Las iglesias, por disposición del alto clero, dejaron de ofrecer sus servicios, tales como las misas y la administración de sacramentos. Ello explica que quienes nacimos entre los años 1924 y 1934 pertenecimos a una generación a la que la Iglesia designó como la de “la persecución”.
En lo personal, fui bautizado en el seno de mi propia casa y en este sentido la vida de familias como la mía se desarrollaba en un doble contexto: el de una calma urbana y una febril agitación existente entre el Estado y la Iglesia católica. Tal vez pueda decirse que no fue sino hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas, y definitivamente en el de Manuel Ávila Camacho, cuando la paz religiosa volvió a existir. En el interinato de Emilio Portes Gil, la Iglesia y el gobierno acordaron unos ciertos arreglos que aminoraron grandemente la tensión, pero el levantamiento armado todavía prosiguió durante algún tiempo.
Fui un niño muy sano, un poco regordete y, según lo refería mi madre, cariñoso con ella, con mi padre y hermanos. Al menos no creo haber causado disgustos mayores a ninguno. Teníamos una tía abuela, Trinidad Nájera Luzuriaga, que fue quien nos enseñó a leer, en particular a mí cuando tenía cinco años de edad, o sea hacia 1931. Era una mujer inteligente que nos caía muy bien. Guardo recuerdos de ella, de los cuales voy a referir dos.
Un día le pregunté si su padre había vivido al tiempo de la guerra entre México y los Estados Unidos. Su respuesta fue afirmativa. “Sí, él vivió entonces pero no participó activamente”. Le pregunté por qué. Su respuesta fue: “pues porque no tenía ningún grado militar ni tampoco era soldado raso”. A ello inquirí: “¿qué tan solo los soldados rasos iban a los frentes?”. Mi tía añadió: “pues sí, así era, por eso mi padre no participó en esa infame guerra”.
Hoy confirmo con esa anécdota, algo que me ha hecho ver el estudio de la historia. México, durante las primeras décadas que siguieron a su Independencia, no se había consolidado realmente como un país en cuya vida participaran todos sus habitantes. Ello comenzó a ocurrir más tarde, al tiempo de la Intervención francesa y más plenamente aún en los años de la Revolución que se inició en 1910.
La otra anécdota trata de algo que hasta hoy pongo en práctica. Un día que hacía mucho frío, encontrándonos con la tía Trinidad, nos dijo: “si cuando hace frío no tienen a la mano un suéter, les voy a dar un consejo, tomen un trozo de periódico y pónganselo debajo de la camisa, sobre el pecho. Verán que eso los mantendrá calientitos y muy a gusto”. Diré ahora que muchas veces he puesto en práctica ese consejo que me ha salvado de más de un resfriado.
La educación primaria y secundaria
Mi hermano y yo estuvimos primero en el Colegio Francés-Morelos y después en el Simón Bolívar. Todavía hasta hace pocos años vivían algunos condiscípulos de ese tiempo como Pablo Latapí, quien luego se distinguió como filósofo de la educación y a quien seguí tratando con gusto. Fui un estudiante mediano. Lo que me atraía y estudiaba con mucho interés fueron la historia, geografía y literatura.
Precisamente fue entonces cuando estuve varias veces muy cerca de quien era mi tío, el doctor Manuel Gamio, quien nos llevaba a los niños de la familia a la zona de Teotihuacán, donde él estaba haciendo excavaciones. Esos acercamientos al mundo indígena comenzaron a atraerme mucho.
Vivíamos en casas alquiladas; digo esto porque más de una vez tuvimos que mudarnos, primero en la colonia de Santa María y luego en la de San Rafael.
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