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Me es difícil aceptarlo. Me avergüenzo de ello. Me cuesta trabajo concentrarme para leer un texto a profundidad. No lo sé. Tal vez demasiados distractores.
Este es un fenómeno estudiado a nivel internacional. Entre muchos otros, lo ha analizado la renombrada neurocientífica Marianne Wolfe. Estamos perdiendo la capacidad de lectura profunda. Triste, pero cierto.
Esto, en sí mismo, es una tragedia. La lectura profunda ha impulsado a la humanidad a niveles insospechados de desarrollo y ha logrado que florezca nuestro pensamiento crítico. Sin embargo, la estamos perdiendo. Leemos de manera fragmentada. 140 caracteres. Ahí quedó nuestro límite de atención.
En mi generación, la que nació en la década del Siglo XX en la que el ser humano llegó a la Luna, nos sentimos avergonzados de ello. Pero las nuevas generaciones no. El escritor José Baroja escribe hace poco en Este País un texto aleccionador al respecto.
En su artículo, Baroja menciona cómo para jóvenes profesionistas el no leer no representa una falta, sino más bien un orgullo, un triunfo frente a sistemas anticuados. ¿Leer? ¿Para qué? Si ya está todo resumido en internet. Lo intitula “El prestigio de no leer”. “Leer libros, sugería implícitamente aquella conversación, pertenecía a una época distinta, acaso más lenta, menos eficiente y menos útil.”
Esa falta de lectura profunda tiene consecuencias más profundas que una remembranza nostálgica.
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Hay un fenómeno denominado “efecto Flynn”, en honor al psicólogo e investigador neozelandés James R. Flynn, quien documentó el fenómeno: durante buena parte del siglo XX, las puntuaciones promedio en pruebas de inteligencia aumentaron generación tras generación.
Desde hace algunos años, distintos estudios han encontrado que ese aumento se ha desacelerado, detenido o incluso invertido en determinados países y grupos de edad. A esto se le llama “efecto Flynn inverso”.
El neurocientífico cognitivo especializado en aprendizaje, memoria y educación, Jared Cooney Horvath, afirmó el 15 de enero de 2026 en una comparecencia en el Senado de los Estados Unidos, que “nuestros hijos tienen menos capacidad cognitiva que nosotros cuando teníamos su edad.”
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Y aseguró también que, por primera vez en cien años, la capacidad cognitiva de los jóvenes es menor que una generación anterior. Este solo hecho debería ser una tragedia, pero en el mundo actual, más preocupado por la inmediatez que por el fondo de las cosas, no lo es. Según Baroja, es incluso “un orgullo”.
“La lectura, sin embargo, no pierde prestigio sola: arrastra consigo a buena parte de la formación humanística. La señal más alarmante no está sólo en los planes de estudio, sino en una cultura que empieza a no percibir esa ausencia como una pérdida”.
“La formación humanística comienza a parecer un lujo cultural reservado a quienes disponen de tiempo libre, cuando en realidad constituye una condición fundamental para la ciudadanía democrática”.
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Parte importante del problema es el sentido de inmediatez. Queremos que todo se resuelva ahora mismo. No hay tiempo para pensar, para reflexionar. La inteligencia artificial tiene soluciones para todo. No hay que desgastarse en leer.
¿Habrá sido este fenómeno responsable de la caída de Ediciones Era? La noticia del cierre de esta icónica editorial mexicana ha cimbrado al mundo editorial, intelectual y cultural. Se extingue un faro en el mundo cultural en México. Una tristeza. En efecto, ser editor es una labor cada vez más heroica.
Qué bueno que la situación de Era haya llamado la atención de la presidencia. Sin embargo, la solución no es buscar cómo rescatar a una editorial particular, sino entender las causas de fondo. Era es un síntoma de la crisis por la que atraviesa la industria editorial mexicana, en buena medida debido a la ausencia de una política pública integral que reconozca al libro y la lectura como motores de desarrollo cultural, educativo y económico del país.
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Lo poco que había, desapareció. Para la Secretaría de Cultura, el libro no es cultura. No hay más bibliotecas escolares y de aula. México es uno de los poquísimos países, junto con Cuba y Corea del Norte, en los que la industria editorial está por completo excluida en la elaboración de libros de texto para educación básica. Las compras para bibliotecas públicas no existen, cuando menos desde 2018.
La Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana lo señaló recientemente en un brillante comunicado: “Las editoriales y librerías enfrentamos condiciones cada vez más difíciles: la reducción de espacios para la circulación del libro y la ausencia de una política pública permanente de fomento al libro y la lectura.” Ausencia completa, desde hace mucho y cada vez peor.
No necesitamos que el estado nos mantenga a las editoriales, pero sí que cree las condiciones que se requieren para el florecimiento de una industria editorial sana y en expansión.
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Regreso al tema de la lectura. Solo la lectura profunda nos permite hacer inferencias de un texto, relacionar conceptos, así como causa y efecto, y comprender estructuras complejas. Eso no es posible con un resumen elaborado con inteligencia artificial.
Dice Baroja que “leer, en sentido profundo, no es una práctica ornamental: es una forma de entrenamiento del juicio. Quien lee aprende a distinguir matices, a demorarse ante la ambigüedad, a reconocer voces distintas de la propia y a sospechar de las explicaciones demasiado simples. Ninguna de esas habilidades aparece espontáneamente en una sociedad saturada de información. Por el contrario, casi todo parece empujarnos en la dirección opuesta: opinar antes de comprender, reaccionar antes de interpretar, compartir antes de verificar, condenar antes de pensar.”
El problema no es tanto a falta de lectura en general, sino de lectura profunda. Leemos mucho, de forma fragmentada. Como las gallinas: picoteamos aquí y allá, sin llegar nunca al fondo de las cosas. “No faltan contenidos; falta duración. La estructura del ecosistema digital privilegia la reacción sobre la reflexión y la inmediatez sobre la interpretación. Por eso, la lectura no desaparece: cambia de forma, se dispersa y pierde parte de aquello que la convertía en una experiencia de formación.”
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El problema es que nos hemos hecho adictos a la inmediatez. Necesitamos la información en tiempo real, sin tener siquiera oportunidad de discernimiento. No debe de sorprendernos entonces la cantidad de noticias falsas y teorías conspirativas que vemos en la actualidad.
En tiempos de las redes sociales, todos nos consideramos portadores de la verdad absoluta, aun cuando no contemos con las evidencias. La lectura profunda se relega a un segundo plano. ¿Para qué perder el tiempo leyendo, si todo el conocimiento ya está en internet?
Si usted llegó al final de este artículo, y no pidió a Chat GPT que se lo resumiera, ya es una buena señal. Ahora vamos por esos libros que todos tenemos pendientes por leer. ¡Ánimo!
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