Dentro de las propuestas de los narradores mexicanos jóvenes destaca Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984), cuya prosa se distingue por su precisión, claridad, conciencia del lenguaje y búsqueda identitaria, en medio de un contexto fragmentado por las distopías que dinamitan las certezas de un mundo que habíamos creído más estable.

Los nombres de mi padre (Anagrama, 2025) desarrolla el conflicto de la búsqueda del progenitor, con el propósito de aclarar los orígenes de Camilo, el narrador protagonista, quien emprende una investigación documental para averiguar si Miguel Carnero, un activista estudiantil de los años setenta y ochenta, fue su padre biológico. Emprende este “viaje a la semilla” por recomendación de su madre, Socorro, quien padece una enfermedad terminal y espera liberarse del secreto que ha atesorado a lo largo de su vida.

La reconstrucción identitaria de Miguel Carnero lo conduce a panfletos y artículos publicados en revistas marginales, con temas relacionados a la arquitectura conservadora y revolucionaria, que reflejan un sentimiento precoz de ecologismo planetario, tan en boga en nuestros días. En las referencias frecuentes al entorno urbano destacan los desarrollos inmobiliarios de Tlatelolco, escena de la masacre del 2 de octubre; el desarrollo habitacional de Ciudad Satélite, presuntamente construido por una empresa del ingeniero nazi Karl Fiebinger, y Ciudad Universitaria, espacio de la utopía y santuario de las movilizaciones estudiantiles.

La estructura narrativa se desenvuelve en dos planos temporales. El primero se sitúa en el tiempo presente de la enunciación y corresponde a Camilo y sus indagaciones, mientras que el segundo está simbolizado por el descenso al pasado para documentar, a través de entrevistas y textos dispersos, la figura de Miguel Carnero. La trama se alimenta de los datos de investigación que pretenden unir un rompecabezas cuyos engranajes finales parecieran situarse en Nueva York, con los testimonios que aporta Ángela Carnero, la hija del héroe desaparecido.

Crédito: centerforfiction.org
Crédito: centerforfiction.org

En este contexto, la prosa de la novela asume el ritmo del caminar (o del viaje) por la deriva urbana, mediante mapas y sistemas de GPS, que representan otras maneras de ficcionalizar los espacios y traducirlos a un sistema de escrituras auxiliares de la memoria personal y colectiva. El desplazamiento por las ciudades (Tijuana, Taxco y Nueva York) refuerza la posibilidad de poner límites al caos para delinear la propia identidad.

El tema de la novela es un tópico ancestral. El motivo del reencuentro con el padre es un proceso de construcción de la personalidad. En La Odisea, Telémaco sale en busca de su padre, Ulises, y recaba información a través de los relatos que dan cuenta de las hazañas del héroe; es el caso de Teseo que, con algunas huellas de su padre (espada y sandalias), viaja a Atenas para reclamar su filiación; y, desde luego, no se debe obviar a Edipo, que vive una vida de paria sin la figura paterna.

Pero un caso paradigmático comparece en Pedro Páramo. La novela comienza con esta frase de Juan Preciado: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, y, a partir de ella, se opera la inmersión en un mundo inestable, marcado por la pluralidad de voces y versiones contrapuestas que solo la escritura pareciera ordenar para dar cohesión a la memoria, como sustento de la existencia del ser.

Los nombres de mi padre plantea la pluralidad identitaria del hijo: los progenitores se multiplican según los ritos sociales. Los padres son biológicos, de crianza, de filiación intelectual, entre otros, y la propia personalidad entraña una búsqueda formativa que simboliza el camino hacia la adultez.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses

[Publicidad]