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La casa que hasta el final de sus días habitó el poeta Jaime Sabines al sur de la Ciudad de México es un templo de amor fervoroso construido de papeles, escritura y recuerdos, un adoratorio al autor que, en 1950, desde Chiapas, deslumbró a propios y extraños con Horal, un poemario apasionado que publicó cuando apenas tenía 24 años. Ese libro es el principio de un universo literario y personal que vibra y late en cada uno de los papeles, poemas, memorias e imágenes que sus cuatro hijos, Julio, Julieta, Judith y Jazmín, resguardan con veneración, y mantienen, tal como Josefa —su madre, y musa de Sabines—, lo dejó en 2020 con su muerte, pero sobre todo es el territorio del más grande amoroso, querido y leído poeta mexicano del siglo XX, que permanecía en secreto.
Sólo traspasar la puerta comienza el reconocimiento de lo que apenas se había avizorado en fotografías: la sala con las sillas de ratán donde el poeta recibía a sus invitados, los amplios libreros de madera apretados de libros, discos y recuerdos, las fotografías familiares, algunos cuadros y esculturas. Más allá el comedor y la vitrina, el jardín interior que se aprecia desde ese gran ventanal que ilumina la pequeña selección de los objetos y el archivo personal y literario de Jaime Sabines, que con generosidad prepararon Jazmín y Judith para revelarnos el mundo personal del poeta en el centenario de su nacimiento, que se conmemora, el próximo 25 de marzo.
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Judith y Jazmín Sabines Rodríguez son las guías que nos adentran a ese templo del saber y memorias que la familia mantiene del poeta. Es un viaje a las profundidades de su creación, de las fotografías del álbum familiar donde aparecen don Julio, el Mayor Sabines, y doña Luz, los padres del poeta; pero también está el poeta con su familia paseando por Xochimilco y Chapultepec, la pasión de los dos amantes Jaime y Josefa contenida en un cofrecito de madera que resguarda en orden y en perfectas condiciones las cartas a Chepita, que la musa de Sabines, decidió publicar en un libro llamado Los amorosos. Cartas a Chepita, en 2009, justo a diez años de la muerte del poeta, ocurrida el 19 de marzo de 1999.
Entre sinfín de objetos y papeles de su archivo personal hay pequeños tesoros que a Julio, Julieta, Judith y Jazmín —con nombres todos con Jota una letra que fascinaba a don Jaime casado con Josefa, hijo de julio, hermano de Juan, Julio y Jorge, y abuelo de Julio—aún no emprenden el desafío de ordenarlo, catalogarlo y estudiarlo.
Allí reposa, dentro de una caja de madera, una pequeñita agenda de Jaime Sabine como estudiante de letras, tras tres años de cursar, también en la UNAM, la carrera de medicina, donde escribió que en caso de accidente avisar a Julio J Sabines, en 1ª Poniente, en Tuxtla, Gutiérrez Chiapas; está el pasaporte que específica sus señas particulares: 1.80 de estatura, piel blanca, ojos verdes, cabello castaño, de ocupación empleado y estado civil casado.
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Está también el contrato de matrimonio, la invitación a su boda y otros muchos objetos, absolutamente personales, como aquel suéter azul tejido a mano, que lo acompañó en los últimos años de su vida, uno de sus trajes y un par de corbatas, pero también sus preciados juegos de ajedrez, algunos cepillos para limpiar su ropa, su rastrillo y un reloj de bolsillo que atesora la familia, pero también la pluma de color vino que Judith y Jazmín evocan, su padre siempre, todos los días, se ponía en el bolsillo de la camisa.
De entre los valiosos objetos, hay varias fotos del poeta de enormes ojos verdes, guapísimo y seductor, mirando el infinito para comérselo convertido en poesía. Y de entre todos sus tesoros dispuestos por sus hijas en la mesa y las sillas del comedor de la casa familiar, hay también manuscritos y cartas sueltas, pero no así los poemas, se ha sabido siempre, porque esos los escribió en grandes libretas de contabilidad que se han convertido ya en leyenda.

Una de esas libretas, la que resguarda los poemas que Jaime Sabines escribió en 1949 cuando el poeta tenía 23 años, están algunos de los poemas que publicaría en “Horal” y sobre todo en “La señal”. Sobre el comedor, con sus pastas negras y duras de cantos color vino, están dispuesta esa libreta con poemas como “El corazón del hombre”, “De la esperanza”, “De la noche”, “Del adiós”, “de la ilusión”, “Del mito, “Del dolor” y “De la muerte”, que publicaría en “La señal”.
Allí también está, con marcas de post-it en color rojo, y la leyenda “Rescatar”, escrito por el propio poeta en las páginas y además en pequeñas tarjetas de color blanco. Esos son parte de los poemas que el mismo Jaime Sabines “rescató”, tras releer y marcar, y que son los poco más de 70 poemas que conformarán el libro de poemas inéditos que los hijos del poeta van a publicar este año en el marco de la celebración al autor de “Los amorosos” y “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”.
“No hemos firmado contrato y todavía no se ha cerrado la selección como tal del libro”, afirma Judith Sabines Rodríguez, pero revela que el libro inédito “Poemas rescatados” fue titulado por su padre y ya está en formación en la Coordinación de Humanidades de la UNAM, institución donde ella trabajó muchos años y donde se publicará el libro.
“Él tenía mucho material inédito desde el principio, o sea, escribía, escribía, escribía y tachaba poemas completos y otros no los tachaba, cuando seleccionó poemas para sus libros, pues él ya tenía en mente un hilo coherente, un hilo que uniera esos poemas. Pero se le quedaron muchos y entonces cuando estaba ya muy enfermo, mucha gente le pidió que le diera poemas inéditos y de repente sí sacaba uno de alguna carpeta, pero tenía mucho material desde que empezó a escribir, inédito”, cuenta Judith.
El libro de inéditos, afirma su hija, nació cuando Sabines, ya estando muy enfermo leyó que habían publicado un libro de Carlos Pellicer con los poemas de adolescente, “bueno a mi papá lo indignó tremendamente porque decía, "¿cómo le fueron a hacer eso?, ¿cómo es posible que le hayan publicado los poemas de adolescente que él desechó?”. A ello se sumó, que en esa época a Judith le tocó editar un libro de José Martí, donde también le publicaron poemas que Martí había tachado, saber eso, también indignó a Sabine, “mi papá se pone indignadísimo, pero así agitado, ¿te acuerdas Jazmín que estaba molestisimo? Y claro y nos decían, ‘No me vayan a hacer a mí eso, no me vayan a hacer una cosa así’, ‘a mí no me publiquen cosas que yo deseché, que yo descarté’”.
Pasaron los días, afirma Judith, y Sabines seguía enojado, hasta que su hermano Julio le dijo: “lo mejor, para que no le hagan a uno eso, es quemar todo. Hay que quemar todo, porque uno mismo tiene que quemar las cosas que no quieran que le publiquen”. Tras lo cual, ellos le dijeron a su padre, ¿qué tal que entre sus inéditos había poemas buenos” y entonces el poeta ya se puso a revisar sus carpetas. Sabines les llamaba carpetas a todas sus libretas que eran en realidad de contabilidad.
“Y empezó. Y le ponía un papelito y le ponía una señal así, le ponía ‘Rescatar’. Y en otros le decía, ‘Levantar censura’. Pero la mayoría era rescatar, rescatar, rescatar. La idea de él era revisar todas las libretas, que te digo, son más de 40, como 45, pero revisar todas de todo el material inédito; luego que Jazmín le pasara en limpio, porque aunque todos los demás sabíamos escribir a máquina, la única buena para pasar a limpio sus poemas y que le entendía a su letra es Jazmín. Entonces, ella fue la que hizo el rescate”, apunta Judith.
El plan era pasar en limpio y ya después, él quería volver a leer para volver a seleccionar, sacar algunas cosas y después quería que ese libro se lo leyera José Emilio Pacheco y que le diera su opinión.
“Una vez lo vino a ver Carlos Monsiváis, le platicó toda la idea, le enseñó las carpetas y entonces dijo, "también Carlos Monsiváis que lo vea." Pero el original era José Emilio Pacheco porque decía que en él podía confiar ciegamente, en el juicio literario de José Emilio Pacheco. El caso es que se enfermó de cáncer, empezaron las quimios y todo y ya no siguió revisando las carpetas, ya era concentrarse en su salud. Llegó a revisar hasta 1968”.
Dicen Judith y Jazmín que ante la carpeta de 1946 dijo, "Esta la queman completita. Completita”. Esa fue la primera carpeta, cuando Jaime Sabines tenía 20 años y empezaba a escribir sus primeros poemas.
“Pero ya del 48 hay poemas seleccionados, de 1948 a 1968 seleccionó esos 70 poemas que le puso Rescatar. Él tuvo la idea de que su libro se titulara, ‘Poemas rescatados’”. Sin embargo, don Jaime murió y sus cuatro hijos siempre escuchaban la sentencia del poeta, "A mí no me vayan a hacer eso. A mí no me vayan a hacer eso." Y aunque él había hablado públicamente de ese proyecto, han tenido que pasar casi 30 años de su muerte para que estén en la propuesta de publicar esos textos.
"Siempre nos pesaba más el ‘a mí no me vayan a hacer eso’. Hasta que ahora ya de viejos, ya decimos nosotros, pues ya es como cumplir con algo que papá quería y que además estaba, superilusionado. Muy ilusionado ya al final de su vida, tanto le gustaba que nos leía a todos, también a mamá, a quien viniera a visitarlo. Y estaba muy contento. Y por eso Jazmín y Julieta dicen que en el libro se incluyan todos porque papá los seleccionó y a mí me entra todavía el prurito de decir, ‘bueno, y si hubiera quitado alguno’”.
Esa enorme responsabilidad es la que aún no los decide a publicar los poco más de 70 poemas que Jaime Sabines seleccionó para rescatar, o seguir el consejo de su amigo, el poeta Marco Antonio Campos, a quien le pidieron leerlos, y él les recomendó retirar algunos. “También lo que dice mi hermano Julio, es cierto, ya estaba enfermo. O sea, ya se le olvidaban las cosas cuando empezó la selección”.
Primeras ediciones
En el archivo personal de Jaime Sabines están las primeras ediciones de sus libros, la mítica ópera prima que fue “Horal” con poemas que los lectores han hecho suyos para enamorar y también ponerle palabras al dolor y al mal de amores. Saltan desde luego “El día”, “Horal”, “Yo no lo sé de cierto”, “Lento, amargo animal” y “Los amorosos”; pero también Judith muestra orgullosa “La señal”, el segundo poemario del poeta chiapaneco publicado en 1951, y traspasa el tiempo para llegar a “Tarumba”, de 1956, ese poemario que dice, “pocos entendieron”.
“Cuando salió ‘Tarumba’ se lo leyó a varios de sus amigos escritores, a Rosario Castellanos, a Efrén Hernández, Emilio Carballido, a sus súper cuates de la Facultad de Filosofía y Letras y a ninguno le gustó mucho. Creo que al único que le gustó fue a Fernando Salmerón que después se haría filósofo y que fue rector de la UAM durante muchos años, y se adoraban los dos hasta que eran bien viejitos, mi papá lo llegaba a ver. Pero en general no hubo buena aceptación. Y años después lo entendieron, Eduardo Lizalde dijo: ‘Es que Jaime estaba escribiendo en esa época para la generación actual, para los chavos que habían nacido en los 70 y los 80’”, relata Judith, siempre respaldada por Jazmín.
“¿Quieres que te hable primero de los libros?”, reitera Judith, de nuevo niña y orgullosa del padre poeta que antes de ser poeta era un gran padre. Así lo recuerdan las dos hijas, sin que dejen de mostrar generosas los premios como en Nacional de Literatura y Lingüística que obtuvo el poeta en 1972, o la Medalla Belisario Domínguez, porque el poeta fue legislador en al menos dos ocasiones.
Dice Jazmín que tanto el archivo personal como la biblioteca están con la familia, en casa. “La biblioteca de mi papá era pequeña, porque tenía que trabajar y salir adelante, sacar a la familia. Claro que amaba los libros, pero no era comprar y comprar”. Dice que siempre fue muy trabajador. En Chiapas tenían una fábrica de telas; y en México con su padre y sus hermanos fundaron una fábrica de alimentos para animales. “Mi papá trabajaba cobrando, hacía los pedidos porque había muchos establos en la Ciudad de México, todo el alrededor y él iba a hacer los pedidos y a cobrar”.
Dice Judith que era un gran lector de narrativa, que amaba a Dostoievski y también a Federico García Lorca, también amaba la filosofía, “Nos contaba que llegó un momento en que él se preguntaba si no hubiera sido mejor estudiar filosofía en lugar de letras”.
Contenidos entre reconocimientos, diplomas y objetos personales, está la historia del poeta, pero ante todo la del padre. “Era un padre presente, siempre presente, le gustaba mucho jugar con nosotros, pero también nos exigía que tuviéramos buenas calificaciones en la escuela. Él nos presumía mucho que había sido muy buen estudiante, que puros dieces, para obligarnos a estudiar. No le gustaban los ochos, puros diez y nueve. Y si nos sacábamos un nueve, decía ‘ay, pero se hubieran podido sacar diez’”, cuenta Judith.
Son ellas, Judith y Jazmín, en conformidad de Julio y Julieta, que es la única que vive fuera de México, en España, que sencillas y generosas nos permitieron entrar al universo personal de Jaime Sabines y viajar por sus territorios poéticos y amorosos, entre ese cúmulo de tesoros que estaban reservados al culto privado, y que por primera vez los abren a la mirada pública.
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