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Me emocionó leer el preámbulo de Tedi López Mills a Suma de las partes (Almadía, 2025), de Álvaro Uribe, la más reciente colección póstuma de ensayos, artículos y remembranzas, que ella, su viuda, dispuso para su publicación, no sin relatar que pocos días antes de la muerte del escritor, en la habitación del hospital, tuvieron una conversación “extrañamente profesional” para organizar “el futuro del pasado”, es decir, qué hacer con los libros que fatalmente dejaría inéditos. “Tomé apuntes y numeré encisos. Discutimos opciones. No entiendo por qué, pero estábamos contentos. Álvaro murió el miércoles, 2 de marzo”, concluye López Mills, ella misma una de las principales poetas mexicanas.
Uribe (1953–2022) dejó a la literatura mexicana sin uno de sus más constantes prosistas y no es aventurado decir que siendo sus novelas de primer orden, una vida más larga habría orlado una trayectoria ya muy digna, con algunas otras obras maestras. Póstumamente, se ha publicado Tríptico del cangrejo (2023), sus diarios sobre el cáncer, y ahora esta colección de prosa crítica.
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También fue Uribe un magnífico ensayista, ya fuese como fanático de Biorges (esa suma de Jorge Luis Borges + Adolfo Bioy Casares), en cuanto discípulo de Augusto Monterroso o al rehabilitar a Federico Gamboa, escribiendo páginas esclarecedoras sobre el impenitente porfiriano, reeditando su vasto Mi Diario (1893–1939) y convirtiéndolo en una suerte de “coautor” de su novela sobre el atentado a Porfirio Díaz en 1897: Expediente del atentado (2007).
En el primer ensayo de Suma de las partes y sin duda el principal, Uribe examina a John Williams (1923–1994), el esquivo autor de Stoner (1965) y de Augustus (1973), comparándolo, a ratos, con Saul Bellow. Pero, además de dejar clara su admiración por el escritor texano, Uribe discute dos asuntos literarios digamos que personales o que atañían no sólo a lo que a él le importaba de la novela y de su escritura, como a la opinión que éstas suscitaban en los lectores.
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“Si la perfección de una obra significa”, dice Uribe, “que agota una forma ya no superable, no hay novela perfecta […] Hay, sin lugar a dudas, sonetos perfectos (y acaso décimas y octavas y silvas y etcétera). Hay tal vez, según propenden alegar los cuentistas, cuentos perfectos. Pero las novelas, como los ensayos, pagan su libertad irrestricta o casi con la carencia de estructuras formales predeterminadas que autoricen a someterlas al criterio necesariamente comparativo de la perfección.”
Aceptada su restricción, me parece inapelable (diría yo) que, en mi personalísimo canon, El taller del tiempo (2003), de Uribe, se acerca a la perfección entre las novelas de una generación no escasa en talentos ni en libros extraordinarios. Otra aclaración meritoria y necesaria se refiere al uso y abuso de la palabra “estilista” como característica de cierto tipo de escritor, entre los que se encontraba, no muy a gusto, el propio Uribe.
Regresando a la máxima del conde de Buffon, si en efecto “el estilo es el hombre”, todos los escritores son estilistas, aunque al menos en castellano, se suele calificar así al escritor demasiado ocupado en el estilo y no en la trama o en “el ruido del mundo” (la expresión es de E.R. Curtius refiriéndose a Honoré de Balzac), “estilo” amanerado acaso en el sentido churrigueresco de la expresión o adicto a la estrafalaria (en su día) elegancia adjetival de Borges, a la que supuestamente Uribe fue fiel, o demasiado fiel. Es cierto que Uribe tenía esa debilidad, pero generalizarla a todas sus novelas, todas ellas “realistas” –otro término puesto en solfa en la Suma de las partes, como veremos–, es un error. Amar a la novela como la amaba Uribe y ser un imitador de Borges, quien las despreciaba como es público, por multitudinaria, es una imposibilidad casi trágica y más aún para un novelista como él, quien sabía mejor que algunos que por ser tan fácil de “imitar”, el argentino resulta inimitable.
Tendría yo que releer los cuentos de Uribe (recopilados como Historia de historias por Malpaso en 2018 donde Julián Herbert, por cierto, califica de “muy borgesiana” a La linterna de los muertos, cuya edición original apareció en 1988) y seguramente, por haber sido un lector temprano suyo –desde sus Topos de 1980– me olvidaría de Borges. Recordaría, en cambio, al amigo que los escribió en aquellos años compartidos alrededor de ese momento inolvidable del tiempo (1986) en que conocí a esa pareja luminosa que formaban entonces, y siguieron formando durante décadas, él y Tedi López Mills.
Asunto más conflictivo, para mí, es el elogio de “Pacheco”, como él llamaba a JEP, evadiendo el confianzudo “José Emilio”. Creo que se sabe que no gusto de su poesía (aunque este ensayo de Uribe y otro, leído no hace muchos años, de Pura López Colomé, me han hecho repensar el asunto sin concluir gran cosa) y acaso soy el único que queda de la fronda antipachequiana que en los años ochenta encabezó, a título honorario, Gerardo Deniz, considerando lamentables sus jeremiadas y su apocalipticismo.
Para no seguir pasando ante ustedes por ancianito, soñaría con volver a la cantina en los años ochenta y discutir, con Uribe, su elogio del último párrafo de Las batallas en el desierto (1981), de Pacheco, que me emocionó tanto cuando lo leí a los dieciocho años para causarme pena ajena al leérselo a mi hijastro, treinta años después. Es retórica mentirosa, si las hay, y autoconmiseración que clamaba por un “no, José Emilio, si esa memoria de aquel México no se ha perdido, es gracias a ti”.
En cuanto a la persona de JEP y a su trato conmigo, no tengo más que gratitud por su generosidad (aunque fui víctima de una más que merecida travesura suya en Madrid), sabiéndome su criticón y si no reseñé la edición póstuma de Era de su Inventario fue como venganza por la inconmensurable avaricia de despojar de índice onomástico a ese libro en tres tomos, al cual debo tanto como lector y como crítico. Ya vendrá una edición que le haga justicia al Inventario, obra capital del más grande de nuestros periodistas literarios, como a él le gustaba nombrarse. (En todas partes se cuecen habas: a Gallimard se le hizo fácil ahorrarse el índice onomástico de la Correspondance, de Gustave Flaubert, en cinco tomos. La protesta pública fue tal que hubieron de tirar, contritos, un folleto con el dichoso índice y regalarlo a los no pocos quejosos).
No volverá Álvaro, como no volverá José Emilio. Por ello, no tengo más remedio que despedirme de mi lectura de Suma de las partes con otro fallo, solvente y definitivo, de Uribe como lector de literatura, al tomar partido por R. L. Stevenson contra su amigo Henry James: “Ya sea de corte psicologista, como lo practicó James, o bien naturalista, como lo desarrolló Flaubert, [el realismo] reproduce la plática absolutamente ideal de un hombre o una mujer irreales que nos cuentan, con irreal conocimiento de causa y efecto, las historias irreales de otros hombres y mujeres no siempre más reales que los narradores. Lo que nos interesa y nos cautiva y nos maravilla en las grandes novelas de Tolstói o de Zola, en las del heredero de ambos, Mario Vargas Llosa, no es su pretendido apego a la realidad, sino su perfecta y autosuficiente irrealidad.”
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