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Marco Antonio Campos es un enamorado de la belleza y un escritor al que no abandonan dos preguntas: ¿qué es un poeta? y ¿qué es la poesía? En sus libros siempre aparecen esas obsesiones. La belleza se lee en los detalles, en cada descripción que hace de la vida cotidiana, por ejemplo, en el libro Dime dónde, en qué país escribe: “En Amberes Sur, a esta hora en la plaza, los turcos conversan, también de pie, para que caiga la tarde. A diario, las hojas de los cerezos los oyen y las palabras se aguindan”. Pero la belleza también está en las obras que admira: la escultura Piedad de Miguel Ángel, Los Caprichos de Goya, las películas de Pier Paolo Pasolini o en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
El también promotor de literatura mexicana e investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no tiene reparos en hablar de sus obsesiones. En semanas pasadas, al recibir el Premio Excelencia en Letras de Humanidad 2025, en un auditorio de la Cámara de Diputados tomó el micrófono y leyó la alocución “Poesía y humanismo”, en la que se refirió a la sensibilidad que logra la escritura, a los castillos que construyen las personas con poder y al desdén hacia quienes se inclinan por la cultura.
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Entre amigos y el tumulto de las discusiones del Pleno legislativo, pronunció las siguientes afirmaciones: “El poeta es capaz de crear belleza y el lector es capaz de sentirla; la poesía sensibiliza y, por ende, humaniza. El poeta debe oír puntualmente el reloj del corazón”, “donde se halla la verdadera poesía, vive el humanismo; y donde está el humanismo, el arte del hombre se enaltece y el mundo es más habitable y menos cruel”, “piedra a piedra alzaremos el palacio de la sabiduría, donde el hombre se salve y habite sin la necesidad de un paraíso religioso o los palacios y mansiones ostentosos de los grandes burgueses”.
Marco Antonio Campos es un autor prolífico. Ha escrito poesía, ensayo, novela, crónica y ha hecho traducción. Algunos de sus libros más significativos son: La ceniza en la frente, Los adioses del forastero, Viernes en Jerusalén, Dime dónde en qué país, La Academia de Letrán, Las ciudades de los desdichados, El café literario en la Ciudad de México en los siglos XIX y XX y En recuerdo de Nezahualcóyotl.
Sobre sus traducciones, ha trabajado a autores como Giuseppe Ungaretti, Vincenzo Cardarelli, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Guillaume Apollinaire, Antonin Artaud, Émile Nelligan, Gaston Miron, Gatien Lapointe, Georg Trakl, Fernando Pessoa, Carlos Drummond de Andrade y Nuno Júdice.
En la UNAM, en el Centro de Estudios Literarios del IIFL, su línea de investigación es la literatura del siglo XIX. Ha realizado antologías sobre la Academia de Letrán, Ignacio Rodríguez Galván, Manuel Acuña, Manuel José Othón, Ramón López Velarde y Luis Martínez de Castro.
En entrevista, el escritor reafirma sus obsesiones, tal como lo señala en el libro El libro y la poesía (FOEM, 2013): ”La poesía es un oficio, o si se quiere, también una profesión. Como un artesano o un obrero, como un empleado o un profesionista, el poeta debe trabajar y vivir intensamente sus ocho, 10 o 12 horas al día, o más, si se quiere. Debe leer mucho de lo mejor que se ha escrito de su arte y debe ejercitarse infatigabemente en la escritura, pero también debe acercarse a otras artes y debe conocer la realidad social y política que lo rodea (...) Debe vivir intensamente, reitero, porque si no es de sus propias experiencias ¿de qué va a escribir? Lo suyo, por muy bien escrito que esté, sería entonces literatura de la literatura”.
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¿En estos años ha sentido que no cambia la visión sobre la persona que le apuesta a las letras?
Simpatizo con la izquierda, pero estos años han sido muy difíciles para la cultura. Se ha reducido hasta 70 o más por ciento el presupuesto a las instituciones. Es una lástima porque México siempre era envidiado por los otros países, la gente llegaba y decía: “pero cómo es que tienen tanto”. Uno siente ante eso una gran desilusión.
Antes de que naciera Conaculta, Bellas Artes y la UNAM eran las que más difundían la cultura y el arte. De pronto, se vieron sin dinero, o muy reducido. Por demás, en estos siete años se ha confundido malamente cultura con espectáculo. No estoy en contra de los espectáculos, pero en ese caso se debería llamar el organismo Secretaría de Cultura y Espectáculos.
En las instituciones de cultura y en universidades se ha luchado a menudo por tener más recursos, pero, por ejemplo, cuando uno pregunta: “¿Se puede publicar este libro?”, regularmente dicen: "No hay dinero" o “estamos muy recortados”. Lo mismo pasa en el teatro, en la música, en las artes plásticas o escénicas. A las que han castigado, por ejemplo, hasta el grado de casi desaparecerlas, son a las editoriales independientes, que siempre fueron una gran salida para la poesía. Antes publicaban en coediciones, ahora sólo unas pocas lo hacen —pero también es cada vez más difícil—, o si no, el autor busca sus medios para hacerlo. Para dar pena.
Me acuerdo que en los años 70 y 80 del siglo pasado hubo decenas de revistas que hacían los jóvenes. Creo que fue un gran momento en que había una relación muy estrecha entre las instituciones: Relaciones Exteriores, INBA, UNAM y UAM. Hacíamos muchísimas cosas juntos.
Hablaba del humanismo en su alocución en la Cámara de Diputados. ¿Hoy existe una mala comprensión de esa palabra?
Sí, tiene mucho tiempo. En el mundo el dios es el dinero. Por ejemplo, en las universidades privadas, cuando crean nuevas facultades, hacen carreras que uno nunca ha oído hablar, pero que tiene que ver con la tecnología o la administración del dinero. Lo que quiero decir es que las carreras tradicionales en las universidades públicas de psicología, pedagogía, filosofía, letras, derecho, economía y ciencias políticas están bien, pero buen número de egresados salen al mercado de trabajo y ganan lo mínimo, y por ende, deben cambiar de carrera o de oficio. Seguro usted ha conocido en sus traslados licenciados o doctores que trabajan como taxistas o poniendo un cajón en un mercado porque no hallan empleo, cuando por siglos, las humanidades y las artes siempre habían figurado en alto nivel. Afortunadamente en este gobierno se ha resaltado la extraordinaria parte prehispánica, pero parece que solo hay esa parte y, claro, también hay un regreso a los pueblos originales, pero esto es muy largo y espinoso de explicar porque puedes tocar sensibilidades...

Regresando al tema de la sensibilidad e imaginación en la poesía…
Si usted es escultora, pintora o poeta, buscará ante todo la belleza y con ella la emoción. Si usted se pone enfrente de La Piedad de Miguel Ángel las veces que quiera, se dirá que es sublime y la quisiera acompañar en el llanto. Y si ve las pinturas renacentistas, de Fra Angélico, de Piero della Francesca o Sandro Botticelli, pensará que son un milagro que nos hacen elevarnos hasta lo más alto. Si usted ve, por otro lado, a los monstruos de Goya en el Museo del Prado o los cuadros de Van Gogh, que pintó en el sur de Francia, siente en uno, el golpe del horror, y en el otro, la herida que deja el desgarramiento. El arte debe comunicar los sentimientos y las emociones. La literatura igual; si el cuento es angustioso o triste, el lector debe de sentir esa angustia o tristeza.
Me acuerdo que en La Recoleta, en Buenos Aires, charlaba con el gran amigo de Borges, Adolfo Bioy Casares, excepcional narrador, y caminando me contaba que una amiga le decía: "¿Por qué tus cuentos y novelas siempre acaban mal?”, y él le respondió: "Porque cuando acaban así me siento bien". Muchas veces cuando se acaba con un final meloso o exagerado o de happy end, siente que el autor arruina el cuento o la novela, y vaya decepción para los lectores. Un poema, por caso, desde el primer verso tiene que empezar bien; si falla, seguramente fallará el poema, y si cierra mal, el poema se caerá, y a veces estrepitosamente.
Un poema es un trabajo que, en mi caso, me lleva meses. Hay poemas que me han llevado un año. Ante todo me miro como poeta, pero como no lo soy de todos los días, me aboqué desde mi primera juventud a escribir otros géneros: ensayo, narrativa, crónica, aforismos... Además, he traducido mucha poesía, he traducido más de 30 libros de poesía. Me fue muy útil en este aspecto un consejo de Julio Cortázar, quien decía que cuando entraras en tiempos de esterilidad creativa, te dedicaras a traducir para no perder el vuelo de la pluma. Espero haber hecho una obra de traductor también, así como la hicieron —no me estoy ni de lejos comparando—, Octavio Paz, Jorge Zalamea, Eduardo Lizalde (un breve libro pero excepcional) y José Emilio Pacheco… Por cierto, de Pacheco, en pláticas informales que teníamos, aprendí mucho tomándole de aquí y de allá sus lecciones literarias, que a veces él no creía que fueran lecciones. En la conversación era algo natural en él.
¿Qué da el leer buena o alta poesía, o bien estar cerca de las artes, a través de los años?
Muchísimo: desarrolla el lector su sensibilidad, imaginación e inteligencia. Los poemas, estrofas o versos tienen a menudo varias significaciones. La poesía no debe darse del todo porque tienen que guardar un secreto. No debe ser del todo legible, porque de otra manera lo que estás escribiendo es prosa. Cuando no hay música o juegos de ritmos en algo que quiere ser poesía, es buena o mala prosa.
¿Tiene una fascinación por las cosas cotidianas que observa en diferentes ciudades, lo que podemos observar horas y horas mientras esperamos a alguien?
Es una base de mi poesía. Es una de las formas de demostrar, a la manera de Neruda, Pellicer, Larbaud, Cendrars, Antonio Cisneros, que soy yo el que está viéndolas y viviéndolas, pero siempre como fondo del tema del que se escribe. Decir que las experiencias específicas sólo las he tenido yo. Que no habla cualquiera, sino yo.
Hace unos años me pidieron una antología en Honduras. Les propuse una que tuviera que ver con viajes y resultó que rebasaba las 200 páginas. Borges decía que estaba más orgulloso de lo que había leído de lo que había escrito. Yo estoy más orgulloso de lo que he caminado, que de lo que he escrito. Sin enmielamientos los viajes han sido una de las tablas de salvación en mi vida. Escribo, como diría Alain Borer de Rimbaud, caminando, en “marche-murmure”, que es como “paso-murmullo”. Yo he querido hacer ese tipo de escritura, que parezca que uno va caminando cuando escribe poemas, o al menos, una buena cantidad. Uno lo intenta, que lo logre, es muy distinto.
La poesía sin emoción ni imaginación no me interesa, no me toca, no me dice nada. Lo que llaman poesía del lenguaje o poesía abstracta o neo barroca es un disparate, o en el mejor de los casos, pura fioritura. Esta suerte de poesía, no la aguanto y hubo una época en que se impuso en México. Realmente cuando escribes eso, lo hablaba tanto con amigos poetas españoles, como Joan Margarit o Luis García Montero, o tienes miedo de contar lo te pasa o eres un timador. Como lo he hablado mucho con Francisco Hernández, Evodio Escalante y Víctor Manuel Mendiola: “estos poetas escriben así porque no tienen nada que decir”. Por muy bonito que escriba, uno se pregunta, ¿pero qué me estás contando?
¿Hay temas que le siguen interesando?
El centro de todo ha sido el viaje y sus numerosas aristas, la infancia, el amor desdichado, la amistad, hechos políticos e interrogaciones sobre la poesía misma.
… También aborda el papel del poeta y la poesía misma.
Yo estaría de acuerdo con Borges que el poeta -el artista en general- es un ser común y corriente; la diferencia es que siente más. ¿Qué es poesía? Para resumir, porque hay miles de definiciones, la poesía para mí sería la historia del alma, o también, una ventana en la que el poeta está de pie y puede mirar hacia el jardín y puede mirar hacia adentro de la casa y encontrar nuevas cosas en cada nueva vista o lectura. Le puedo decir como un caso excepcional, que López Velarde es un poeta que puedo leer diario y siempre es nuevo. Para mí es el mejor poeta que ha habido en México.
Decía muy bien Paul Valéry que el primer verso lo dan los dioses y después te las arreglas como puedas. La poesía tiene una gran carga irracional y a veces el poeta puede escribir versos más bellos que los que calculadamente escribe. Octavio Paz decía, en una entrevista con Rita Ghibert. que en la poesía habría un 50% de irracionalidad.
Los prosistas que se ponen a escribir poesía a los 40 o a los 50 años, no lo saben, pero se van al abismo. Es tardísimo. La poesía son ecos, disonancias, murmullos, susurros, insinuaciones, metáforas; es muy complejo. Y cuando esto entra en una novela dices: "Está haciendo poesía". Por ejemplo, el póker de las grandes novelas latinoamericanas son poesía. Hay toda suerte de músicas verbales, hay numerosísimas imágenes, hay metáforas que crean una nueva imagen: Pedro Páramo, Cien años de soledad, El siglo de las luces y Rayuela. Es impresionante Cien años de soledad, porque parece que es una sola línea que empieza y va y acaba con un gran ritmo.
En la vida diaria la poesía la encuentra en todas partes; sólo queda describirla y volverla música verbal.
¿Tiene algún café favorito para escribir?
No porque me gustara mucho sino porque era lugar de cita para cualquiera, la cafetería que frecuentaba era de la Gandhi. Pero quizá se cansaron de perder dinero con la pandemia y construyeron una oficina. Fue un golpe muy fuerte para los que íbamos allá.
Aquí, en la ciudad, tengo una buena luz en la casa, pero en todas las ciudades en que he vivido más, en Viena, Salzburgo, Amberes o París, casi todo lo que escribí fue en cafés, en especial, en Austria donde estuve tres años y medio. Pero los que ganaban de calle como asiduos de cafés eran Tomás Segovia y Juan Rulfo. A Segovia no lo vi aquí en Las Chufas; lo vi algunas veces en El Comercial, en Madrid, muy cerca de su casa, donde le hice una entrevista sobre… cafés. Para Segovia el café era una casa.
Y a Rulfo lo veía los domingos en el primer lustro de los ochenta en el café del Agora, situado en Insurgentes, cerca de Barranca del Muerto; recuerdo que pasábamos cinco horas conversando y él tomaba café expreso, Coca-Cola y fumaba. Incesantemente. Para mí su trato fue algo impagable, un gran privilegio.
Por varios años nos reunimos y reñimos un grupo de amigos poetas en el café del Péndulo de la Condesa, y desde hace mucho vengo aquí, al Café del Sur, en San José Insurgentes, donde ahora, Reyna, converso con usted.
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