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La oficina de prensa de la Agencia Judía Para Israel estaba atestada de reporteros de distintas nacionalidades. Inquietos, esperaban la presencia del último descendiente del Sumo Sacerdote Aarón, un Levita Cohanim, que había abandonado su aislamiento voluntario para, según se informó, alertar sobre un peligro inminente debido a que en días pasados, un grupo de judíos del Instituto del Templo había vuelto al rito antiguo de sacrificar animales para la expiación de los pecados, después de dos mil años de no usarse.
El hecho había ocurrido en la localidad de Yeshiva Beit Orot, Jerusalén, donde el rabino Yisrael Ariel y 400 judíos practicantes degollaron corderos, rociaron su sangre, quemaron sus grasas e hicieron sonar trompetas de plata, tal y como hacían los antiguos judíos. Los organizadores dijeron que quisieron ofrecer “una auténtica experiencia judía, con olores, sonidos y colores, para despertar en la gente el deseo de renovar este ritual del Templo en nuestros días”.
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Ya había pasado una hora de la convenida para la conferencia de prensa y los periodistas especulaban sobre lo que se informaría. La jefa de prensa había entrado dos veces para explicar que el sacerdote Levita recibía atención médica por su precario estado de salud. De pronto, se hizo un silencio absoluto, roto sólo por los flashes de las cámaras que centelleaban el rostro enjuto del sacerdote que entró al sitio, ayudado por dos personas. Tenía el cuerpo encorvado y delgado; temblaba. Le pusieron un micrófono en el pecho, levantó con esfuerzo la cabeza y habló:
“Los antiguos israelíes sacrificaban animales para limpiar sus pecados, porque así nos lo mandaban las Sagradas Escrituras en el Levítico 14 y 13. En ese entonces, la gente tomaba un cordero de no más de un año de nacido y sin defecto físico, e iba al Templo para hacer el ritual junto al sacerdote encargado del sacrificio. Las personas ponían las manos en la cabeza del cordero, pensaban en sus pecados, se arrepentían y lo entregaba al sacerdote que lo degollaba y esparcía su sangre en el altar de los sacrificios. Tiraba el resto del animal al horno. Así, el hombre era perdonado y salía limpio de pecado. Pero esto sólo se hacía en el Templo, cuando teníamos un Templo”. El Levita bajó la cabeza, parecía tener dificultades para respirar, pero tras una pausa, continuó:
“Israel tuvo dos Templos en su historia, uno que destruyeron los griegos y otro que…” El sacerdote hizo una nueva pausa, dejó caer su cabeza y pareció buscar en el piso las palabras para seguir. Movía los labios, pero su voz no se oía. La jefa de prensa y las otras dos personas fueron en su auxilio, pero el sacerdote levantó una mano temblorosa indicando que estaba bien. Observó a los reporteros y su voz se oyó de nuevo:
“A todos se nos dijo que el segundo Templo había sido destruido por los romanos. Pero no fue así… no fue así. Los abuelos de mis abuelos juraron mantener el secreto y así se hizo por dos mil años. Pero hoy que un grupo ha decidido retomar el rito, debo decirles la verdad. El segundo templo no fue destruido por los romanos, sino por…los corderos, las ovejas…” Miró a los periodistas y vio su incredulidad.
“Parece increíble, descabellado, pero así ocurrió. De la noche a la mañana los rebaños desaparecieron. Sus dueños dijeron que las ovejas no habían tocado su agua ni su pastura, las buscaron, hasta que un peregrino contó que las había visto en el valle de Cedrón, cerca del Monte de los Olivos. Allá estaban, cientos, miles de ellas juntas, cabeza con cabeza, sólo una balaba, una negra, pero dijo el peregrino que su balido no era normal, que parecía un grito…
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“Vino después la desgracia. Las vieron bajar de los cerros casi a galope, los dientes expuestos, la espuma en los hocicos. Mataron a dentelladas a cuanta gente encontraron en su camino. Las tiraban a empellones, las rodeaban y arrancaban a mordidas sus carnes. Tanta fue la sangre, que tiñeron las aguas de los ríos…
“En el horno del Templo, donde ardían los corderos después de ser sacrificados, ardieron las niñas, los niños y los recién nacidos, arrastrados por las ovejas. Cosa del demonio, ardió después el Templo”. Al anciano, se le enrojecieron los ojos, le tembló la quijada, pero continuó:
“Los Sumos Sacerdotes pidieron perdón a las ovejas. Sólo así dejaron de matar. Desde esa vez, decidieron no construir un nuevo Templo. Desde esa vez ya no hay sacrificios con animales. Las enseñanzas dijeron después que el sacrificio de Cristo, el cordero de Dios, expió con su muerte los pecados del mundo”. El sacerdote hizo de nuevo una pausa, miró de frente a las cámaras y levantó la voz:
“¡No debemos regresar a ese ritual! Ese rito sólo tiene significado si existiera un Templo y hoy no lo tenemos… ¡No se va a construir otro Templo, porque esa fue la promesa! ¡No las provoquen! ¡No saben de lo que son capaces!...” Una tos cavernosa, asmática, interminable, lo sacudió entero, sus asistentes lo levantaron en vilo y lo sacaron en medio de los flashes de los fotógrafos. La jefa de prensa dio por terminada la conferencia y los periodistas salieron presurosos rumbo a sus teclados para dar la noticia…
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