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Los poetas mexicanos de las últimas generaciones tenemos cada vez menos lectores, un diagnóstico que, desde luego, lejos de desanimar al gremio remarca cierto orgullo insumiso respecto de su perímetro de incidencia en el mercado editorial no obstante colindar peligrosamente con la endogamia. “Una selecta y estricta compañía” podríamos acuñar como lema. Sin embargo, en ese rubro de “poetas para poetas” está Jaime Sabines (1926-1999), una excepción que confirma algo más que la regla puesto que no solamente fue un autor con lectores sino que contó —hazaña lograda en otras épocas por Amado Nervo y Juan de Dios Peza— con el gusto del público.1 Como a Juan Rulfo, al chiapaneco le faltó tiempo para un reconocimiento y una difusión mayor en vida de su obra sobre todo más allá de nuestras fronteras; con una década extra para respirar el aire de los mortales se habría colgado las medallas de los premios más rimbombantes, el Neruda y el Reina Sofía por supuesto y, por qué no, el mismísimo Cervantes.
Pero detengo aquí mis especulaciones y propongo mejor un abordaje sobre asuntos más concretos. En varios momentos Eduardo Lizalde, amigo cercano y lector entusiasta de Sabines, externó que a su obra le faltaba un estudio inteligente, profundo y minucioso que diera cuenta cabal de sus hallazgos poéticos, mecanismos formales, fuentes literarias y particularidades del lenguaje a través de los cuales ofreció a sus lectores una inmersión demorada como intensa de la condición humana a partir de la confrontación áspera y sin paliativos de los cuatro tópicos universales del arte, es decir, la vida, Dios, el amor y la muerte pasados por el cedazo del dolor, la soledad, la inocencia, el fastidio, la cólera, el placer fugaz, la ternura…2 Desde luego, este primer apunte describe solamente el territorio del poeta, sus obsesiones y querencias presentes ya en sus dos primeros libros, Horal (1950) y La señal (1951), piezas que inmediatamente llamaron la atención de sus lectores, en buena medida, porque allí sonaba “el mundanal ruido” con un acento musical encantatorio —cadencia rítmica y un gusto por la asonancia en rimas externas e internas— no obstante que la vida se proyectara con imágenes de desasosiego, hastío y duelo, amén de una de una inveterada angustia por el transcurrir del tiempo, implacable con la dicha.
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Ahora bien, esa musicalidad personalísima es una construcción que el poeta Jaime Sabines comenzó empíricamente en su primera juventud con su afición por la oratoria y la declamación. Algo semejante había acontecido en la formación de Carlos Pellicer y Juan José Arreola, dos autores en cuya escritura el elemento prosódico cumple una función de primer orden. El estudio de la voz es una exigencia del cantante y del actor para expresar con claridad, entonación y emotividad cada uno de sus parlamentos y estrofas. Una forma de conocer la lengua desde las entrañas. Los sonidos, con sus encabalgamientos y pausas, emergen desde el estómago, el diafragma, los pulmones, el esófago, las amígdalas, la garganta, la glotis, las cuerdas vocales, las fosas nasales, el oído interno, la lengua, el paladar, los dientes y los labios. Una educación anatómica del silabario. El joven Sabines fue la estrella de la recitación de los festivales escolares en su natal Tuxtla Gutiérrez. Se sabía de memoria todos los poemas de El declamador sin maestro. Cuando vino a la Ciudad de México para estudiar Medicina, en 1945, ganó varios concursos de declamación en la XEW que ayudaron a su paupérrima economía de estudiante de provincia; fue tal su fortuna en la radio que consiguió una licencia de locutor llegando a participar en modesto papeles de radionovelas. El poeta en ciernes se hizo de una voz —avalada por un oído perspicaz— que también sedujo a los políticos de su tierra para emplearlo en calidad de orador de campañas electorales y de ceremonias sociales.
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En febrero de 1952, repentinamente, tuvo que regresar a Tuxtla Gutiérrez para atender a su padre quien sufrió un accidente automovilístico de considerable gravedad. Suspendió sus estudios de Lengua y Literatura en la UNAM —había abandonado los de Medicina en 1948— faltando poco para concluir la carrera. La joven promesa de la poesía mexicana desaparecería de la escena literaria. Asuntos relacionados con la política local lo comprometieron a quedarse y a posponer su regreso a la Capital. Se casaba con Josefa Rodríguez Zebadúa. Se metía de comerciante de la tienda de telas El Modelo y, en las horas muertas del negocio, escribía con amargura, ingenio y mordacidad uno de los grandes poemas de las letras mexicana, Tarumba (1956). Para José Emilio Pacheco estos primeros libros de Sabines se adelantaron a la antipoesía de Nicanor Parra, abrieron puertas y ventanas a los discursos de la coloquialidad a través de los cuales la voz del poeta prescindía de la solemnidad y demás afeites retóricos, incluso, esa misma voz dinamitaba los prestigios de “las grandes palabras de la poesía” vía la parodia, la impudicia y la ternura.
Mientras el poeta enfrentaba la vida con la exigencia de sacar adelante un negocio y una familia, su fama corría entre los mentideros literarios de la Ciudad de México. Pero una mañana, hasta el mostrador de la tienda llegó una carta entusiasta de Elías Nandino donde le decía: “Desde que leí sus primeros poemas de 1950 y 1951, supe que había en usted un auténtico poeta. (…) Como poeta y por mi amor a la poesía, siento orgullo cuando entre nosotros hace su presencia uno nuevo que canta sin caretas, sin pretensiones intelectuales (la plaga que extermina) y que dice lo que siente con la espontaneidad del venero que florece el agua”.3 La misiva se publicará en la revista Metáfora poco después de la aparición de Tarumba y será un hito relevante de la recepción crítica de la obra chiapaneco. Sin embargo, con la compilación de su trabajo en Recuento de poemas (1962) —volumen que reunía los libros mencionados más Adán y Eva, Diario semanario, la primera parte de Algo sobre la muerte del mayor Sabines y una sección titulada Poemas sueltos— se presentaba un corpus poético de inocultable valía, novedoso en sus registros discursivos que ofrecían, tanto en verso como en prosa, un abordaje de la realidad cotidiana desde lo inmediato y lo íntimo, sin renunciar a los imaginarios del sueño, la angustia, el amor y el deseo.
¿Un surrealista con los pies en la tierra? Para mí su cotidianidad y realismo hacen tierra para impulsarse hacia lo recóndito de la condición humana. Elevación, descenso e introspección. Crónicas de la soledad y del aburrimiento. Banquetes de cantina entre Dios y la muerte con boleros de música de fondo. La pasión del amor asediada por la costumbre y el recato. La ciudad como una trampa, un laboratorio para la especie humana, una cárcel con las rejas abiertas. La inocencia y la infancia: flores doblegadas por el sol cenital de la vida adulta. El lenguaje de la poesía, con los mínimos pulimentos, aborda todos estos asuntos desde la catarsis y la perplejidad, la conmoción y el hastío. La circulación de Recuento de poemas dio a Jaime Sabines un status de imprescindible de la poesía mexicana. “La mafia literaria” se rindió ante audacia verbal. En las siguientes antologías canónicas, Poesía en movimiento (1966) de Paz, Chumacero, Aridjis y Pacheco y La poesía mexicana del siglo XX (1966) de Carlos Monsiváis, ocupará uno de los vértices de la rosa náutica de lírica nacional, una influencia y un modelo para al menos las siguientes tres generaciones de poetas mexicanos, una voz que se distingue cada vez más en el concierto de la poesía en lengua española. El coloquialismo de Sabines amplió esta corriente vivificante después de la hegemonía de las obras de los poetas de Contemporáneos, influidas fuertemente por la poesía francesa. Desde luego, décadas antes, Salvador Novo, Salomón de la Selva y Renato Leduc habían explorado los giros y las cadencias del habla de la calle con fortuna. Vendrían después el Efraín Huerta de Los hombres del alba (1944), el Rubén Bonifaz Nuño de Los demonios y los días (1956) y El manto y la corona (1958) y el propio Sabines para completar la faena.
Para la década del setenta, después de la publicación de Nuevo recuento de poemas (1977), Jaime Sabines se convierte en protagonista de nuestras letras además de un personaje de la cultura mexicana. Desde joven poeta se empeñó en establecer una distancia con el medio literario, trazando una ruta de anti intelectualismo, evitando a toda costa el periodismo y la academia como modus vivendi. Después de la tienda de ropa, durante 17 años el poeta fue vendedor de alimento para animales en granjas y establos de la periferia de la Ciudad de México. Encarnaba al buen salvaje del gremio: el poeta peatón. En cada oportunidad, frente a un reportero, se lanzaba contra los aedas artepuristas, experimentales y metafísicos. Comenzaba a fulgurar como rockstar de los recitales poéticos y en los programas de radio donde se reproducían sus poemas grabados en Voz Viva de México. En este mismo periodo, en 1976, la política lo sedujo con una diputación por un distrito de Chiapas; poco después aceptaría un encargo en el gobierno estatal de su hermano Juan Sabines. En 1988 ganaría una diputación plurinominal por la Ciudad de México.4 Los siguientes años fueron de enfermedad y de numerosas operaciones, pero también, de sus apoteósicos recitales en el Palacio de Bellas Artes, en la Sala Nezahualcóyotl o en la FIL de Guadalajara así como de las traducciones de su obra poética a varias lenguas.
Llegamos al primer cuarto del siglo XXI y Jaime Sabines cumple su centenario. Ante tal suceso se imponen algunas preguntas. ¿Se mantiene su obra como fuente de la educación sentimental de las nuevas generaciones? ¿El Nuevo recuento de poemas se sigue vendiendo como antes? ¿A los novísimos poetas les dice algo Tarumba y Algo sobre la muerte del mayor Sabines o han descubiertos otros filones poéticos más relevantes para su canon actual? ¿Los puntos débiles de su escritura —excesos emocionales, lugares comunes y triviales— se leen hoy como riesgos, trampantojos o simple y llanamente como caídas indefendibles? Para mí, volver a leer su obra con detenimiento me ha ratificado una experiencia mayor, obra de amplio espectro y calado que discurre en las coordenadas del difícil arte de la sencillez, con sobresaltos de imaginería y humor que salen al rescate de sus desbarrancaderos emocionales, libres por fortuna de chantajes o adoctrinamientos. Esta primera centuria del poeta puede ser la ocasión ideal para poner a prueba su desnuda visión del mundo, exenta de eufemismos, frente a las encrucijadas siniestras de nuestro presente, colocarla como termómetro de la sentimentalidad líquida de nuestras relaciones y, por qué no, de nuestro confort —sin Dios y sin diablo—, anestesiados o bendecidos por la moral de las mejores causas.
1El poeta español Francisco Brines gustaba decir que la poesía aspiraba a tener lectores mientras los otros géneros literarios trabajaban para contar con el beneplácito del público.
2Mónica Mansour, una de las lectoras más rigurosas del chiapaneco, coincidía con Lizalde en esta apreciación. En el prólogo de Uno es el poeta. Jaime Sabines y sus críticos(1988), escribe: “La obra de Sabines ha sido relativamente poco estudiada, a pesar del fuerte impacto que han provocado sus libros (…) Al intentar la recopilación de ensayos sobre la poesía de Sabines, encontré bastantes reseñas pero pocos estudios analíticos y críticos”. Desde luego que hay una bibliografía que los estudios sabinianos no pueden obviar donde destacan, además de la compilación de la propia Mansour, las muy completas investigaciones biográficas realizadas por Carla Zarebska, Jaime Sabines, algo sobre su vida(2009) y por Pilar Jiménez Trejo, Sabines. Apuntes biográficos(2014); pero también, cabría añadir a la lista los libros escritos desde la academia por Esther Hernández Palacios, Gloria Vergara, Guadalupe Flores Liera y Rogelio Guedea.
3 Nandino Elías, Prosa rescatada, edición de Gerardo Bustamante, UACM, México, 2019, pp. 294-295.
4En el imprescindible Sabines. Apuntes biográficos de Pilar Jiménez Trejo, el poeta cuenta—aunque se equivoca de fechas—que tuvo un dilema extra para aceptar la candidatura porque Agustín Yáñez le ofreció la silla vacante de la Academia Mexicana de la Lengua de José Gorostiza (1901-1973), recién fallecido. Creo que la disyuntiva y el ofrecimiento ocurrieron en 1976, previo a su primera candidatura de legislador.
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