En Cosmos (Suiza-Francia-México, 2024), pausado film 3 como autor total del fotógrafo suizo lausanese también videoclipero y miniTVserialista de 49 años Germinal Roaux (Left Foot Right Foot 13, Fortuna 18), el solitario autosuficiente indígena maya de 62 años León (Andrés Caatzin) retorna a pie desde el lejano pueblo hasta su morada primitiva en un recóndito paraje de Yucatán, donde observa resignado e inerme los trabajos de topógrafos y maquinarias como agentes del acoso (“Fuerzas del mal” al servicio de “los ricos”) que por falta de papeles sufre de parte de los constructores de una autopista, poco después, al acudir un día al médico a causa de una infección en un oído (“Nada de ungüentos ni de hierbas, sólo medicina moderna”, le ordena el doctor), se topa en la farmacia con la exasperada viuda española de 68 años Lena (Ángela Molina el otrora objeto del deseo tardobuñueliano) en trance de cancelar un pedido cuya vuelta a recoger afirma que se le dificulta demasiado, aunque en realidad no desea seguirse medicando en la fase terminal de la inidentificada enfermedad incurable que padece, tal como lo hacen evidente escasos amigos como el gentil arquitecto Enrique (Marco Treviño) que esporádicamente la frecuenta en el refugio de la regia casona de altos techos que la omnirrechazante mujer adquirió en el pueblo de Santa Rosa (“Necesito estar sola”) y en donde habita en compañía única de su devota empleada doméstica Hilda (Erandení Durán), pero el azar volverá a poner en perdurable comunicación y contacto a la foránea y al lugareño cuando ella extravíe en uno de sus paseos a su adorado perro de raza autóctona Brumo, el viejo León encuentre al dócil perro y lo adopte para que ocupe un sitio central dentro de su casa por una temporada, aunque un buen día halle un volante de “Se busca perro” pegado a un poste y, pese a su analfabetismo, ingenie la forma de telefonear a la afligida Lena, lleve personalmente a devolver al animal, acepta pasar al interior de la casona, comparte un amable café con la dama agradecida, desechando dignamente la jugosa recompensa ofrecida y retirándose con prudencia al llegar otro visitante, y sin embargo, el varón indígena va a seguir ofreciéndole su compañía en reiteradas ocasiones a la melancólica mujer ahora deslumbrada con la sencilla y a un tiempo honda sabiduría ancestral de la que hace gala y ofrecimiento sin petulancia alguna el cariñoso León, con quien la dama abre por excepción su intimidad, estableciendo una cálida amistad por encima de sus diferencias raciales y de cultura, ella atea rabiosa con sendos antecedentes como crítica literaria y ejercicio magisterial universitario, él entregado de lleno al goce natural de acuerdo con sus creencias tradicionales entre el animismo y una inquebrantable fe en la permanencia de las almas sobre la tierra, hasta que ella se enfrasca en la contradictoria y larga agonía final de ambos tan temida, sólo atendida y mitigada por la presencia pacificadora del varón maya, en lo que va transformándose sin remedio en una pareja más que amorosa, desde la perspectiva de una inédita e informulable relación cósmica.
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La relación cósmica acomete por los caminos más rigurosos el retrato del deterioro de la vejez y del duelo anticipado por uno mismo y por quien conmigo va, dos catástrofes objetivas y subjetivas que se asumen de dos maneras radicalmente distintas, con la serena sabiduría ancestral y con la ardua resignación occidental, movilizando todo género de elementos, como un ilusorio realismo ideal moribundo a un tiempo, la voluntad absurda pero cumplida de hacer inmortal la vida de dos mortales ancianos homologados en su exclusiva vetustez excluida pero jamás autoexcluida, concertando el epígrafe convocante de un detrás del espejo y de la noche, las continuas invocaciones que lanza una solemne voz femenina a una en lengua maya, la efigie de un apacible León/Andrés Catzin, la interacción con personajes secundarios inmostrables, la pertinaz llovizna fotogénica y el aguacero categórico que reducen espacios o elevan la tensión, para que cohabite con una dominante y solemne suma de silencios.
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La relación cósmica hace preponderar, por encima de todo, un sublime manejo constante de masas de luz cruda o supermatizada, cual indispensable carácter formal y constitutivo, masas de luz que logran a cada instante imponer su propósito y sentidos primordiales gracias la fabulosa e inimitable fotografía en blanco/negro de Inti Briones, masas de luz blanca que luchan contra los espacios en negro o con una gama de grises, masas de luz blanca creadas en interiores por mamparas naturales y aberturas o espacios fractales e incluso por velas o veladoras encendidas, masas de luz que se avienen equilibradamente con los inmóviles planos secuencia cuyo antecedente sería el trabajo del filipino Lav Díaz y cuyo apaciguador régimen viene a resultar más fundamental y significativo que escuchar muy juntos “Gracias a la vida” de Violeta Parra o la elegancia yucateca del vestuario de Felipe Criado, para arribar por fin al amor indefinible e innombrable, a partir de la total amistad amorosa en el tiempo detenido, a través de la comprensión mutua y extrañamente igualitaria, aunque con predominio del amplio mundo espiritual heredado por el héroe maya, la paciencia de criaturas apenas interactuantes y el parti pris extremo de un hiperrealismo minimalista viajero, porque “El amor lleva a la comprensión, la comprensión a la paciencia, el tiempo se detiene, y todo sucede en el aquí y el ahora“ (Brian Weiss).
Y la relación cósmica culmina con la amorosa puesta por León de una corona de flores cosmos en torno al cuerpo exánime de su amiga Lena y una procelosa cerrazón de puertas ¡y sus consiguientes masas de luz!, tras hacer sonar en el descontinuado tocadiscos la añorante canción de Violeta Parra, cuyo pronunciamiento alrededor de un “instante fecundo” simula la permanencia del ánima de la pacificada difunta inmarcesible.
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