El caso de Hans Robert Jauss (1921–1997) es único en la ignominiosa historia, por el lado de la Alemania nazi, de los intelectuales del siglo XX. No colaboró con el nacionalsocialismo, brevemente, como el rector Heidegger, aunque sus Cuadernos negros, de publicación póstuma, pongan en duda su inocencia al proyectar una filosofía de la historia acaso culminada por el Holocausto. No se entusiasmó un rato, como el arrepentido poeta Benn, censurado y atacado, lo cual le valió esa “forma aristocrática de inmigración” que era, decían, refugiarse en la Wehrmacht, desde donde el entomólogo Jünger contempló impávido y meticuloso la guerra, acaso en relación con quienes intentaron asesinar a Hitler, ni fue, tampoco, un Grass, casi niño, que fue llevado en leva a una unidad improvisada pocas semanas antes del suicidio del Führer. Ni uno de aquellos jóvenes extranjeros, como el profesor Paul de Man, padre de la Deconstrucción, quien, desde Bélgica, publicó artículos antisemitas que ocultó, mal que bien, hasta que después de su muerte, en 1983, estalló el escándalo.
Simpatías nazis las tuvieron miles de intelectuales en todo el orbe y algunos como el filósofo Heidegger la libraron sin una palabra de contrición, pero pocos como Jauss. Se afilió entusiasta a la juventud hitleriana, comandó su propio pelotón con ciento sesenta muchachos bajo su mando e ingresó como voluntario, no al ejército, sino a las Waffen–SS, donde en 1944 ya era capitán de reserva. Según Ottmar Ette quien documentadamente lo acusa, en El caso Jauss. Caminos de la comprensión hacia un futuro de la filología (Almadía/UNAM, 2018), Jauss perpetró crímenes de guerra en Rusia y en Croacia. Pero tan pronto como en noviembre de 1945, se inscribió en la Universidad de Bonn a iniciar su carrera de romanista, salió arrestado por las autoridades aliadas, las cuales lo internaron en Recklinghausen, un campo destinado a los antiguos oficiales de la SS, del fue que liberado el 2 de noviembre de 1948.
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Siguen las especulaciones de Ette, que tan sólo enumero, dada la complejidad del caso y porque su libro es mi única fuente, por el momento. Dice que la romanística –donde destacaban Spitzer, Auerbach o E.R. Curtius con su intachable antinazismo– ofrecía un refugio más seguro para los ex nazis que la germanística y que a sus impolutos colegas Jauss los convirtió, siendo ya jefe espiritual de la teoría de la recepción en la Universidad de Constanza, en materia de su escarnio. Hay más aún, sugiere Ette, si se sigue su camino, el de leer la obra entera de Jauss, empezando por La historia de la literatura como provocación (1970) como una magistral obra de encubrimiento de su pasado hitleriano, aderezado por el trato, a la vez encarnizado, que dio “militarmente”, a sus rivales. Aquí, el acusador es ambiguo: sí bien “la estética de la recepción” no puede ser considerada “nacionalsocialista”, Ette deja sembrada la duda, que no puede ser sino venenosa.
Lo apasionante, lo mórbido, es que La historia de literatura considerada como una provocación (que sólo es un capítulo, el ensayo original de 1967, en una recopilación española con ese título en general) es la gran refutación alemana, escrita sin odio, del postestructuralismo francés, y con la magnanimidad de reconocer los méritos de Claude Lévi–Strauss, en su opinión malinterpretados por Roland Barthes, quien también se lleva algún halago. Se había abandonado, como el propósito final en la vida de un filólogo, el escribir la historia de su literatura nacional. Ante lo que se consideraba una antigualla, Jauss le dió un giro copernicano a la cuestión. Los franceses (generalizo porque no los conozco a todos, como diría sir Winston Churchill) se han preocupado en cómo y por qué se escribe un texto, cuando lo que a Jauss le importa es qué le dice el texto al lector, según sus condiciones históricas. Y por ello, el lector es el ausente en la tramoya estructuralista, a menos que sea el escritor como primer y último lector de su propia obra. Si Jauss no hubiese tenido ese empaque tan pesado de profesor alemán bien pudo titular a su “provocación” como “la muerte”, no del autor, como quería Barthes, sino “del lector”.
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Se trataba de abandonar la obsesión germanística por las fuentes y alejarse del marxismo en su fallida empresa de ver a la literatura como una interpretación de la sociedad, que nunca dejó de ser una mostrenca mímesis aristotélica. La literatura, afirmó Jauss, nunca se produce indirectamente: no es cierto que Balzac se haya visto obligado, en contra de sus simpatías monárquicas, a retratar el París del capitalismo, ni, agregaría yo, que Solzhenitsyn, ex prisionero, escribiese, como creyó Lukács, su primera novela para apuntalar al realismo socialista, que lo llevó al Gulag.
El artista, por fortuna, no ve más allá de su larga nariz. Inclusive, Jauss se sirvió de un marxista, como Kosík, quien resuelve la pregunta de Marx de por qué el arte griego había sobrevivido a su extinción social: la obra de arte es ahistórica porque vive mientras produce un efecto en su público. Y a esa búsqueda de la recepción de ese efecto, se dedicó Jauss.
Jauss no era ningún anticuado y fue a buscar metales preciosos a la misma mina formalista de donde había salido el estructuralismo, a Shklovski y Tiniánov. Pero aquella máxima rusa de que la obra de arte es la suma de sus procedimientos no la usó Jauss en función de la lingüística, sino de la percepción. Salvo “intervención” deliberada o fraudulenta, las obras no suelen cambiar: leemos el mismo libro que Plutarco o Dostoievski con ojos distintos, de generación en generación.
Algo aparentemente tan simple había sido escasamente contemplado por los historiadores de la literatura. Mientras la ortodoxia marxista se preguntaba por la posición social de lector y la heterodoxia formalista lo utilizaba como un receptor neutro, contra la pasividad del lector en ese esquema se levantó Jauss y la presentó como contingente: hay una experiencia literaria de quien lee. Se dice en todos los cursos de literatura, pero no se aplica a profundidad: no leemos igual Cien años de soledad a los quince años que a los sesenta. A veces, el momento cuando se produce la decepción, la indiferencia o el entusiasmo, es el momento crítico pues, ante la querella de los Antiguos y los Modernos, Jauss cree que Molière es Molière porque lejos de reflejar “las costumbres de su época”, si es que lo hace, es joven y nuevo para quien lo lee por primera vez.
Debo interrumpir aquí mi lectura para continuarla otra semana, no sin preguntarme dónde quedó el carnicero de las SS en Rusia y Croacia. Está por allí, perturbándome, sin duda, pero a cualquier lector que tomase La historia de la literatura como provocación sin saber nada del oficial Hans Robert Jauss, no se le pasaría por la cabeza la atrocidad del autor. No sé si son los nazis llegando de operar las cámaras de gas para escuchar a Schubert en sus gramófonos, o si el pasado antisemita de Paul de Man (corresponsal, inevitablemente, de Jauss) se filtró hacia la Deconstrucción, invisible ciencia nazi invadiendo el campus, como llegó a temerse.
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