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Si se cumple lo anunciado, La leyenda de Rudel coronará la programación anual de la Ópera de Bellas Artes con este título de Ricardo Castro que, a 73 años de haberse presentado en el Blanquito, no ha sido repuesto a pesar de estar firmado por uno de nuestros más sólidos compositores y contar el mismo argumento que otra ópera presentada apenas iniciaba el sexenio pasado: L’amour de loin, de Kaija Saariaho. Por mucho tiempo se dijo que dicha ausencia se debía a que la partitura “se perdió”, cosa que –lamentablemente e igualito que con la lana de Segalmex- ya no sorprende a nadie.

Lo que al menos a mí sí me sorprende, es constatar que nuestras óperas se escenifican a cuentagotas, considerando que muchas abrieron brecha y fueron ampliamente ponderadas en las reseñas de su época. Sin ánimos de culpar al prestigiado musicólogo Otto Mayer-Serra, me temo que incurrió en una inadmisible ligereza cuando, en 1941 y tras citar a Edward Dent en su indispensable “Panorama de la Música Mexicana” (sintetizo la cita: en aquel tiempo, los compositores buscaban hacer fortuna con una ópera, para la cual imitaban los procedimientos que ya habían triunfado, pero como todas acababan siendo la misma cosa, sólo unas pocas perduraron), Mayer afirmó que “ninguna de las óperas escritas en México se puede incluir entre las que han sobrevivido (…) sólo eran imitaciones, más o menos hábiles, del estilo ‘cantable’ italiano”, rematando con una estocada que condenó a nuestra ópera a más de medio siglo de indiferencia: “El público era indulgente con los esfuerzos de sus compatriotas, aunque, en realidad, nunca los tomó muy en serio…”

Digo esto porque fue hasta 1994 que, gracias a los afanes de Fernando Lozano en la concertación y el trazo escénico de Luis de Tavira, pusimos en el radar a Ildegonda, esa ópera con que Melesio Morales “triunfó en Europa”, razón por la cual fue elegida para inaugurar el Centro Nacional de las Artes. Algo se ha hecho desde entonces por restituir el prestigio de nuestro acervo, pero no ha sido fácil: en más de una ocasión, cuando ha logrado escenificarse algún título, debieron reescribirse las partes perdidas. Fue el caso de Atzimba, también de Castro. Para poder montarla, Arturo Márquez tuvo que reelaborar la orquestación del segundo acto, porque, ¿qué creen? ¡también se perdió!

Para conocer la exhumación más reciente en el ámbito de la lírica mexicana, Atala, de Miguel Meneses –ese compositor del que sabemos tan poco que no tenemos siquiera la certeza de sus años de nacimiento y muerte-, viajé a Monterrey, pues como parte de su V Ciclo de Ópera Mexicana, el México Opera Studio (MOS) se anotó el mérito de presentar en el Auditorio Carlos Prieto la primera audición de este título que cayó en el olvido desde 1879 que fue escenificado en el Teatro Degollado de Guadalajara, hasta que fue desempolvado por un equipo encabezado por la Doctora Aurea Maya y la asociación Ópera: Nuestra Herencia Olvidada (ONHO), al que hasta ahora se han sumado la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM) y el ya citado MOS. Les cuento.

Mi “experiencia Atala” inició el jueves 27, un día antes de la primera función, al asistir a la charla Ópera mexicana del siglo XIX que ofreció el MOS a sus becarios con la Doctora Maya, máxima autoridad en la materia considerando que, además de las investigaciones y publicaciones que la respaldan y constituyen su bagaje teórico, en la práctica formó parte del equipo que puso en circulación Ildegonda, y antes de abordar Atala, participó con la UNAM en la recuperación de Catalina de Guisa, de Cenobio Paniagua. Tras montarla en la Sala Huehuecóyotl y en el teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura, Maya habló con los estudiantes que intervinieron en aquellas funciones y los conminó a que, “cuando sean famosos, no se olviden de la ópera mexicana”.

Meses después la buscó uno de ellos, el barítono Carlos Fernando Reynoso, para decirle que quería dedicarse a nuestra ópera “aunque todavía no fuera famoso…” Al poco tiempo, y tras fundar ONHO con la soprano Ana Rosalía Ramos, Reynoso volvió con Maya para preguntarle con qué podían empezar. Con el conocimiento de qué había en la biblioteca del Conservatorio –pues Maya es quien hizo el catálogo, que basta consultar para corroborar que, hoy día, existen inexplicables faltantes-, le sugirió Atala, por ser de las pocas que se encontraban completas. Es decir, existe la partitura del director, las partichelas y la reducción para canto y piano, que es con la que pueden estudiar su parte los cantantes antes de llegar al escenario con una orquesta en el foso.

En teoría, la mesa estaba servida, pero había que poner al día el material: actualmente, las partituras de orquesta distribuyen los instrumentos en otro orden, así que había que reescribirla y es ahí donde se sumó el Gobierno del Estado de México. A través de la OSEM facilitó el personal especializado para ello y, sobre la marcha, han debido revisar y corregir también las partichelas (que son los cuadernillos con la parte que toca cada uno de los instrumentos), pues, como en todo manuscrito, nunca faltan errores, que pueden ser rítmicos, armónicos o de ensamble. Ha sido una tarea larga y minuciosa que todavía no concluye. En el ínterin, el MOS propuso realizar este primer acercamiento, cuya semi escenificación estuvo a cargo de Rennier Piñero, con la música tocada a dos pianos por Alejandro Miyaki y Eduardo Vera.

Para interpretar las partes vocales, ONHO aportó a Ana Rosalía Ramos, quien encarnó a Atala y al tenor Edgar Villalba, que cantó el rol de Chactas, su enamorado; los demás papeles estuvieron a cargo de la nueva generación de becarios del MOS. De ellos destacó el bien avenido ensamble de chicas que conformaron el coro, Belén Marín, Khatia Romero y Frida Martínez, y la emisión potente y entonada del bajo-barítono Juan Carlos Villalobos.

Los tres actos de Atala se nos ofrecieron de corrido (duran apenas una hora con 40 minutos), siendo los dos primeros los mejores, ya que en el tercero se cae la trama; es sabido cuán incoherentes suelen ser la mayoría de los libretos operísticos, y éste, de Giuseppe Sapio, no iba a ser la excepción. Aun así, ha sido una gratísima sorpresa escuchar una partitura que, dentro del estilo belcantista, cuenta con varios números de gran belleza y lucimiento.

Prometo dar cuenta de cómo va evolucionando este rescate. Y aunque se espera que, para el otoño, la OSEM presente Atala en concierto, es la hora en que esta ópera no ha sido vista ni escuchada en la Ciudad de México. ¿Será el INBAL quien la dé conocer en su totalidad, con música y escena?


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