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Jueza ordena no utilizar instrumentos de maltrato en corridas de toros; rechaza la tauromaquia como “derecho cultural”
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Me enteré de la muerte de João Gilberto en el asiento de atrás de un taxi que zigzagueaba entre los baches de las calles de Guadalajara. Había viajado ahí a principios de julio –del 2019- para asistir a una reunión familiar organizada en honor a mi abuela, que ya en esos días padecía los severos estragos de la demencia y pasaba sus días en silencio, acaso ensoñando recuerdos de años dorados. Dado el estado avanzado de su condición, habíamos concebido el encuentro como una especie de despedida no confesada, si bien algunos todavía albergaban esperanzas de provocar en ella una mejoría a través de la feliz visión de toda su prole reunida. No era difícil imaginar lo que sería aquello: una extenuante sesión fotográfica con la silla de mi abuela siendo arrastrada de un primo a otro mientras ella comparecía de mirada perdida a ese ritual contemporáneo. A mi ver, la única posibilidad de traerla de vuelta, aunque fuera momentáneamente, era echando mano del viejo repertorio de canciones que ella misma me había enseñado en los días que pasé bajo sus cuidados. Así que no dudé. Cuando llegó mi turno, dije el título de una y empecé a cantar. Mi abuela permaneció quieta unos instantes, pero cuando acabé la primera estrofa levantó la cabeza, me vio con los ojos un poco más abiertos y cantó conmigo.
Para el humano, que nace, vive y muere bajo el hechizo de las canciones, el llamado de una melodía conocida es ineludible; la oímos, la identificamos y nos sumamos al canto casi como un acto reflejo. Somos una especie musical a tal punto que poseemos la capacidad de memorizar un repertorio enorme de canciones, pudiendo citarlas literalmente sin importar que haya transcurrido un largo tiempo desde la última escucha o, inclusive, si sufrimos el deterioro propio de una enfermedad mental. Una vez que determinada canción ha sido fijada contundentemente en la memoria, basta jalar del primer verso para que, como por inercia, se desenrolle un estambre de notas y palabras a través de nuestra voz.
Claro que hay canciones que recordamos mejor que otras, que por una u otra razón se tornaron en algún punto tan familiares como nuestra propia casa. Canciones que hemos habitado, a las que ordinariamente hemos entrado y salido a placer. Canciones donde hemos comido, nos hemos duchado y tomado la siesta. Canciones que creímos ser sólo para pasar el rato y que, eventualmente, de tanto frecuentarlas, se convirtieron en nuestro hogar.
Si comparado con todas las que hemos escuchado, el tipo de canciones en las que nos instalamos a vivir no parece más numeroso que una constelación en medio de un cielo resplandeciente. Puesta en contraste con el resto de las estrellas perceptibles desde nuestro mundo luce vaga y minúscula, como el capricho de algún ser muy imaginativo. Sin embargo, su relevancia radica en que es indeleble y que su dibujo proporciona una referencia estable que nos ayuda a orientarnos entre el caótico y aleatorio listado de eventos que conforman el mapa celeste de nuestra existencia. Voltear a verla nos permite constatar quiénes hemos sido en el transcurso de nuestra [h]istoria pero también, refrendar quiénes somos en el presente, qué es lo que aún nos identifica.
En el tiempo en que convivimos, nunca me dio la impresión de que mi abuela tomara en serio los preceptos del catolicismo. Es verdad que en nuestras pláticas mencionaba a dios continuamente y, por sus comentarios, se podía intuir que la idea de trascender a la muerte le propiciaba cierto consuelo. No obstante, jamás la vi orar y mucho menos me pidió que la llevara a misa. Prefería los largos viajes en coche los domingos, sin destino previsto pero con la heladería como escala obligatoria. Yo adoraba esos encuentros, sobre todo, por lo predecible que resultaban: comía contenta, me miraba y decía, pero qué guapo, dios mío, güerito como todos mis nietos. Después preguntaba por el nombre de la novia en turno y, sin prestar mucha atención a la respuesta, se ponía a discurrir con brillo en la mirada sobre los esplendorosos recuerdos de su juventud. Entre ellos, reincidía con particular obstinación un idílico cuadro campirano donde ella acompañaba a su padre, al son del acordeón, en una hermosa canción que dejaba admirados a los hombres del pueblo. Llegado este punto, invariablemente, recordaba cualquier título de la colección y se ponía a cantar. Una vez que terminaba, si la emoción lo ameritaba, repetía. Luego seguía con otra canción, después otra y no paraba hasta haber recorrido consecutivamente todo el repertorio, como si de un rosario de canciones se tratase. Yo no me atrevía a interrumpirla. Tenía la sensación de estar siendo partícipe de algo trascendental, un misterio sagrado.
Antes que la casa de la infancia o, inclusive, antes que el útero materno, el cuerpo representa para el humano un primer recinto para habitar, su hogar primigenio. Dicho esto, casi por añadidura, pienso en una inversión del argumento: la casa que ocupamos en el plano urbano es, en cierto modo, una extensión de nuestro cuerpo, un alargamiento de nuestra fisiología. Cuando estamos dentro de ella estamos, de alguna forma, dentro de nosotros mismos, en el espacio interior que nos constituye y en el cual todo nos remite a nosotros. Fotos, souvenirs, cuadros, títulos y otros objetos del tipo que vamos colocando aquí y allí como por acaso no son meros adornos para llenar los espacios en blanco de las paredes sino que tienen como fin personalizar el recinto que habitamos, mimetizarlo a nuestra semejanza y, de esta forma, habilitarlo para que pueda cumplir una de sus funciones simbólicas primordiales: hablar sobre nosotros mismos, evocar esas historias que consideramos importantes en nuestra narrativa personal para que cada vez que volteemos a verlas podamos vernos ahí reflejados y ser testigos de nuestro transcurso por el mundo.
De la misma forma, nuestras canciones, en su calidad de espacios sonoros en los que pasamos lapsos prolongados de nuestra vida, también se vinculan a nosotros a través de una dinámica que podemos llamar autorreferencial; son bienes inmateriales de los cuales disponemos y que, aunque no nos pertenecen de forma exclusiva, en el tiempo en que tomamos posesión de ellos, los apropiamos y adecuamos a la medida de nuestras necesidades para que en última instancia, independientemente de cuales hayan sido sus verdaderas motivaciones, remitan a nosotros mismos y nos hablen sobre nosotros.
En este sentido, nuestras canciones se equiparan a una gran urbe onírica concebida especialmente para nuestro disfrute, la cual, al no estar sujeta a la tiranía de lo material, se levanta desde nuestro interior para poblar vastos territorios de la memoria. En ella somos transeúntes habituales. Recorremos sus calles como soberanos dentro de nuestros dominios. Por cada canción hay una casa y por cada casa una circunstancia particular que nos recibe. Basta elegir, entrar de imprevisto e instalarse en la comodidad del sillón a observar a los moradores, quienes no parecen importarse por nuestra presencia y tal vez ni siquiera la hayan notado. Juegan su papel y están concentrados en interpretarlo. Pero si nos acercamos a apreciar el detalle, igual como a veces acontece en los sueños, sus rostros indistintos se tornan de pronto familiares. ¿ese no soy yo? ¿y esa persona no es _________? Entonces caemos en cuenta de que estamos frente al montaje de una posible escena de nuestra vida y que los personajes involucrados siempre hemos sido nosotros, con nuestras vivencias posibles proyectadas en un reino de fantasía.
Contrario a los pronósticos pesimistas, mi abuela dio signos de progreso. La tía encargada de cuidarla en aquella altura mandó un video al grupo familiar en el que inclusive se le veía sonriente y nos contó que, en un momento de lucidez inesperado, había caído en cuenta de que la casa donde se encontraba no era la suya y que tal constatación la llevó a romper por segunda vez su prolongado silencio para solicitar enérgicamente que la llevaran de vuelta a Culiacán, al número 27 de la calle Privada de Pensiones en la colonia Burócrata, donde se ubicaba la casa, deseo que “le fue concedido”. En realidad, fue una cuestión meramente pragmática; según el calendario hecho entre los hermanos, ahora era el turno de mi padre de cuidarla. Yo, de regreso a mi empleo en la universidad, me enfrasqué en los asuntos que quedaron desatendidos en mi asueto y, un día, sin ni siquiera sospecharlo, recibí la noticia de su muerte.