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Cuando en 1974 la escritora afroamericana Alice Walker demostró que existía una tradición artística valiosa realizada por mujeres que había sido sistemáticamente silenciada —cuando no enviada al anonimato—, había muchas otras mujeres artistas que llegaban a las mismas conclusiones. A partir del planteamiento del cuarto propio de Virginia Woolf empezaron a afianzar sus propias voces, no solo se dieron permiso de escribir, además trazaron una tradición de plumas femeninas que les sirvió de base y guía para sus propias creaciones. En palabras de Walker, rastrearon los jardines de sus madres. Entre estas mujeres que publicaron en las últimas décadas del siglo pasado, después de haber localizado a sus predecesoras, destaca la figura de una de nuestras más importantes y prodigiosas narradoras: Mónica Lavín, nacida en la Ciudad de México en 1955 y que este agosto celebra su 70 aniversario. Se trata de una autora que no solo ha sabido escuchar y aprender de sus precursoras —Ámparo Dávila, Elena Garro, Beatriz Espejo, Carson McCullers, Eudora Welty o Flannery O´Connor—, sino que forma parte de un grupo de escritores ya consolidado y que sin duda conforman una tradición literaria sólida, como Ana Clavel, Verónica Murguía, Rosa Beltrán, Ana García Bergua o Ethel Krauze, por mencionar algunas. Estas escritoras pavimentaron el camino que sus antecesoras habían abierto y colocaron en el centro una creación que se movía en los márgenes. Lavín misma ha declarado: “No escribo desde la conciencia de ser una mujer nacida en la segunda mitad del siglo sino desde el impulso vital de hurgar en las vidas ajenas, sea cual sea su género, edad y origen, y construir un mundo creíble y perturbador”.
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Dos características particularizan el perfil de la obra de Mónica Lavín, por un lado, su inicial formación como bióloga y, por otro, su herencia española. Ambas se conjugan para darle un peso específico en el que la observación y el pasado impulsan su escritura, como ella ha afirmado: “Uno escribe un cuento o una novela porque tiene necesidad de responder preguntas”. De esta manera, para Mónica, escribir es una suerte de fuerza irreprimible que la llevó en principio al cuento y más tarde a la novela. De esta necesidad se desprenden los ejes que mueven toda su narrativa: lo íntimo y el pasado. Dos diagonales que coinciden en el espacio de la memoria y de la Historia, territorios fértiles desde los que brota la singular narrativa de Lavín. El primer ejemplo es su obra más conocida y reeditada, la estupenda novela Yo, la peor, biografía ficticia que recrea con habilidad el mundo en el que se desenvolvió nuestra máxima poeta, Sor Juana Inés de la Cruz. Libro que además fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska en 2010. Esta novela viene emparejada con el libro Sor Juana en la cocina (2000), escrito en coautoría con la chef Ana Benítez, en el que se despliegan las prácticas culinarias que nacían en los conventos. Varios de los libros de Lavín revelan el mismo maridaje perfecto.
Tampoco sorprende que alrededor del pasado y lo personal, los dos conjuntos antes mencionados, giren sus principales leitmotivs: la comida, la amistad, el viaje, la música y el amor, en los que Lavín reincide como si de adicciones se tratara. Son, como se infiere, una constante celebración de la vida y del buen vivir, a pesar de los constantes obstáculos y las dificultades inherentes a la misma naturaleza de la existencia. De ahí que cada uno de sus personajes siempre busque exprimir al máximo sus experiencias vitales. Como ella busca exprimir la vida para conseguir los temas de su literatura: “No temo a la falta de ideas, sí a la del espacio personal, donde a veces es más importante el artículo que hay que entregar, el trabajo por el que nos pagan, que la deliciosa incertidumbre del destino de ese cuento que es nuestro y que nos incita a darle vida”.
La pródiga obra de Lavín, formada por cuentos, novelas, ensayos e incluso libretos para ópera, revela estas concurrencias. Estamos ante una escritora prolífica y original, que aspira “al difícil asunto de no repetirse” y que con las herramientas de la ficción convierte lo imposible en posible. Es una narradora de toda posibilidad, que se vale igualmente de la memoria como del pasado para crear historias, personajes de carne y hueso y construir tramas que atrapan hasta al lector más escéptico, ya que domina con talento excepcional el arte de contar.
La vinculación de Mónica Lavín con el cuento tiene fuertes y sólidas raíces en su trayectoria narrativa, ella misma se ha calificado como una cuentista nata y resulta natural que sus novelas se estructuren a partir de capítulos-episodios que muchas veces funcionan como textos unitarios de un solo efecto, muy cercanos al cuento. De hecho, Lavín se dio a conocer con las colecciones Cuentos de desencuentros y otros (1986) y Nicolasa y los encajes, libro publicado en 1991 por Joaquín Mortiz, dentro de una serie en la que también aparecen autores entonces emergentes, ahora destacados. Un par de años después recibiría el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, que otorga el gobierno de Sinaloa, por los cuentos reunidos en el libro Ruby Tuesday no ha muerto (1996), honor ambicionado por todos los cuentistas mexicanos. A ritmo de rock y utilizando letras de canciones, estos cuentos, cuyos protagonistas son personas comunes, proyectaron la carrera de Mónica y la presentaron como una narradora de excelencia. Lavín es sin duda una cuentista impecable, precisa, insólita, moderna y al mismo tiempo clásica, sus influencias se detectan y se tocan, desde Poe y Maupassant hasta Chéjov y Carver. Así lo demuestra su antología personal, A qué volver (2018) y su último libro de cuentos El lado salvaje (2024), ambos publicados por la editorial Tusquets.
La predilección de Lavín por el género se manifiesta también en los libros Leo, luego escribo (2013) y Cuento sobre cuento (2014), joyas para observar los tejidos internos del taller de Mónica y certeras antologías comentadas, que incluyen cuentos de algunos autores que Lavín considera sus maestros, como Truman Capote, Horacio Quiroga, Juan José Arreola o Katherine Mansfield. Los dos libros revelan la veta de profesora de creación literaria que Mónica ha ejercido durante décadas, desde el púlpito de la universidad y en su taller permanente. Desde el título, Leo, luego escribo, Lavín revela su propuesta: para escribir, primero hay que leer, como si los dos verbos formaran parte de un mismo sustantivo. Es en sus ensayos y artículos periodísticos donde se observa un registro más nítido de su poética, que define la escritura como un oficio que responde a sus propias y particulares reglas. Reglas y paradigmas que Lavín ejecuta con perfección y maestría.
Desde su primera novela, Tonada de un viejo amor (1996), ubicada en el México del principio de siglo, observamos de la mano de Cristina y su tío Carlos Velasco los obstáculos para ejercer la libertad sexual y la imposibilidad de la realización amorosa entre los viñedos del norteño pueblo de San Lorenzo. Lavín volverá a estos temas en varias de sus novelas, por ejemplo, en Todo sobre nosotras, publicada en 2019, tres amigas en sus sesenta emprenden un viaje a los viñedos de Portugal para recordar a una cuarta que murió. Entre recuerdos y nostalgias descubren una nuevo vigor afincado en la amistad.
Así como la comida se disfruta, la música nos traslada a momentos del pasado, como a Sofía, en la novela Cambio de vías (1994), que al escuchar una canción de Simon y Garfunkel regresa a sus años de juventud en la década de los setenta y al viaje por Europa que realizó con su mejor amiga Juliana Estévez, cuando conocieron la belleza, el amor y la decepción. Este pasado convertido en memoria es también el eje de la novela que alude al muy español Café cortado (Premio Colima 2001 para obra publicada), en ella, Diego Cabarga, un joven bon vivant, es enviado a Santander a escribir la historia de la Naviera, entre bocadillos y tintos, encuentra casi por accidente la historia del triángulo amoroso entre Miguel, Ángela y el periodista Fermín. Parte central de la literatura –incluso de la vida— de Mónica es el café, incluso asegura en uno de sus libros que no puede empezar a escribir sin no tiene su taza roja enfrente y en otro lamenta: “sería irresponsable atender mi necesidad de cafeína”. Además, en sus años de bióloga realizó una investigación titulada Desde las alturas (1999) sobre la producción cafetalera en Chiapas, lugar donde su abuelo emprendió el proyecto de cultivar y comercializar café y que es, como se deduce, el germen del que brota la ya mencionada novela Café cortado.
Lavín narra con ojo quirúrgico las pasiones que desvelan a sus personajes y cómo éstas, dependiendo de sus actos y decisiones, los envilecen, traicionan o hacen prosperar. Es una autora capaz de ponerse en los zapatos de un rango muy amplio de personas convertidas en personajes, ya que en cada una de sus novelas crea un mosaico múltiple y diverso de caracteres: Maya, Andrés, Gonzalo, Bicho, Sol. En Cuando te hablen de amor (2017), la historia de dos mujeres de distinto origen se entrelaza en un proyecto común: un vestido de novia y como trasfondo subyace el descubrimiento de la verdadera naturaleza del amor. ¿Existe? ¿Cuál es su forma? ¿Se mantiene en el matrimonio? ¿Acaso lo incluye? Son muchas las preguntas que surgen de estas páginas, puesto que, como ya se ha dicho, la raíz de la obra de Lavín se sostiene en la ambición por generar interrogantes.
Es Mónica Lavín una autora de trayectoria sostenida, al igual que su personaje, la corredora de Cuemanco, ha mantenido su carrera con paso firme y constante, no solo ha publicado uno o dos libros al año, sino que ha probado con éxito tanto la literatura para adultos como para jóvenes e infancias.
El conjunto de su obra infantil y juvenil lo encabeza la muy amena novela breve La más faulera (1997), que pertenece a la genealogía de La tumba (1964) de José Agustín y de Las batallas en el desierto (1984), de José Emilio Pacheco, puesto que narra una historia de descubrimiento y construye una educación sentimental. Las peculiaridades que singularizan la obra de Lavín son la protagonista femenina y que presenta las competencias estudiantiles de básquetbol como escenario. Ambos ingredientes se mezclan para crear una de las mejores novelas cortas publicadas en la segunda mitad del siglo XX en México. En esta senda de relatos de iniciación también se encuentra La línea de la carretera (2004), sobre Ana, una adolescente que visita a su amiga Kimberly en Oregon tras inscribirse en un club epistolar. Un viaje que se convierte en la revelación de un país desconocido, tan diferente y a la vez cercano, y el despertar de una identidad.
Los personajes femeninos de Lavín confrontan la tradición que los precede, buscan liberarse de las ataduras impuestas por los valores morales estáticos y aspiran a encontrar sus motivos vitales a través del pensamiento y el análisis, pero también del cuerpo, el erotismo y la sexualidad. De esos elementos que las constituyen como mujeres. De esta manera, Juliana Estévez, de Cambio de vías, afirma que intenta: “Parecerse más a su madre y a su abuela, por lo menos a la idea que tenía de ellas” y, al mismo tiempo, se rebela tratando de afianzar su singularidad.
Quizá la exploración más personal del pasado y del origen que ha realizado Lavín hasta ahora se encuentra en el texto autoficcional Últimos días de mis padres (2022) y, aunque se protege en las entretelas de la ficción para no revelarse en protagonista, se identifican su voz y sus preocupaciones.
Alice Walker nos demostró que detrás de la hechura de aquel tapiz anónimo había con seguridad la mano de una mujer y nos invitó a trazar una senda hasta localizar a nuestras predecesoras, porque sus voces estaban ahí, listas para ser leídas y escuchadas, como la magnífica y rotunda obra de Mónica Lavín.
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