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El Pedro Páramo grande devora al Pedro Páramo chico. Esto es lo que estamos viendo “en tiempo real”. Dos autoritarios tóxicamente narcisistas acaparan los encabezados y las pantallas. Y detrás de ellos danzan múltiples intereses económicos y geopolíticos.
Este miércoles 7 de enero se cumplieron 40 años de la ausencia física de Juan Rulfo. Y la grandeza del autor jalisciense no se advierte y agiganta únicamente cada vez que Elmer Escalante y Marcelo Chiriboga publican un libro, sino también cuando es posible decir “El Pedro Páramo grande devora al Pedro Páramo chico” y con esto explicamos o al menos captamos de golpe las grandes líneas de una época, de una región.
La obra de Rulfo deja resumirse de muchas maneras. Una de tales se cifra en la siguiente frase: “Es la historia del poder.” Quizá la narrativa y el drama casi no hablan de otra cosa desde hace miles de años. Al tema del poder habrá que añadirles los asuntos del amor y de la muerte para que tengamos la tríada inagotable: amor, muerte, poder. Si revisamos los títulos de numerosas obras advertiremos que al menos uno está presente de modo directo o indirecto. Es que la especie humana oscila entre uno y otros.
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Y no puede librarse del autoritarismo, por más que se esfuerza (y deberá seguir esforzándose) por defender el derecho internacional, alcanzado tras siglos y siglos de pensamiento filosófico y jurídico y miles y miles de valientes acciones concretas.
Pedro Páramo nos va contando las fases básicas: 1) la obtención del poder como proceso, 2) el gozo del poder (como cuando Fulgor Sedano disfruta viendo salir de la hacienda a doscientos jinetes que labrarán la tierra) y 3) la pérdida del poder como una muerte a escala, una muerte anticipada, una muerte en vida.
A Pedro Páramo se le juntan el amor, el poder, la muerte. Y es que no hay vida que solamente se concentre en una línea, en un proyecto o propósito.
Quizá ahora Rulfo nos contaría la historia de la diseminación y el creciente poder de muchos Pedros Páramos destruyendo otros poderes (que eran sanos equilibrios), acaparando territorios por las buenas o (más bien) por las malas (como, significativamente, lo hizo él) y rigiendo el mundo mediante el control de países enteros.
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Una película reciente, Homo Argentinum, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, nos enseña involuntariamente cómo se acierta y cómo se desacierta al presentar historias de vida en el marco de un país en crisis. Un mismo actor representa 16 papeles distintos en 16 pequeños cortos, cada uno de una duración oscilante entre los dos y los cinco minutos.
Al salir del cine lo que menos se desea es ir a Argentina. La película nos muestra completamente destruido en términos éticos al país de Jorge Luis Borges y Alejandra Pizarnik, de Julio Cortázar y Victoria Ocampo. Estamos ante una patria de pícaros implacables.
La degradación es absoluta, a juicio de los dos directores. El narcisista autoritario de turno en la presidencia de la República aparece aquí en uno de los 16 cortos. Su “mensaje a la nación” no dice nada, pues no tiene nada que decir y no tiene ganas de decir nada. Los directores se arriesgan mucho con presentaciones de este tipo, pues si algo acapara el poder es la palabra, y habla, habla, habla, aunque no tenga nada que decir.
La policía y la justicia son las grandes ausentes en la película. Desde el primer corto tendrían que haberse manifestado: el protagonista está en una reunión de amigos y sale al balcón a fumarse un cigarro y a terminarse su cerveza. Pone la cerveza en el filo del barandal y ocurre lo que es previsible: de un codazo el hombre tira la botella, que se estrella cinco o seis o diez pisos abajo. Un minuto atrás el hombre ha perorado acerca de la maravilla humana que es cada argentino en lo individual y se ha preguntado por qué no puede salir el país adelante, si lo componen personas tan valiosas.
Lo de menos es que la botella se estrelle en la banqueta. El problema es que estuvo a punto de caerle a una mujer. La mujer avanza instintivamente mientras mira a lo alto y no se da cuenta de que baja al arroyo vial, donde la atropella y mata un vehículo. El vehículo se detiene, y detrás suyo se estampa una motocicleta. El motociclista queda mal herido. Todo ocurre en un segundo. El protagonista no sabe qué hacer. Finalmente regresa a la fiesta y se une a la fila de amistades que bailan al son de una tonada de moda. El corto se llama “Aquí no ha pasado nada”.
¿Y la policía? Abundan los indicios contra el protagonista. Resulta falsa, inverosímil, su actitud de sumarse a la fila de danzantes, cuando hubiera sido más lógica la coartada de invertir la secuencia de los hechos para poder defenderse (pues la policía tendrá que aparecer y descubrirá la botella estrellada más temprano que tarde): al ver el accidente, el hombre se habría asustado y tirado la botella. Y de inmediato habría dado aviso de la tragedia y llamado a una ambulancia. Pero a los directores no les interesa una mínima coherencia psicológica y argumentativa, sino la burla a las palabras tan recientes del protagonista: la maravilla humana que es cada argentino en lo individual.
Inverosimilitudes de este tipo están ausentes en la obra de Rulfo. También está ausente la manipulación ideológica, simplista, aun cuando el autor de El Llano en llamas tuvo ideas muy claras y fuertes acerca de los grandes temas y supo elegir o construir personajes que condensaban las tensiones tanto de una época y una región como las de nuestra especie.
Otro corto es ejemplo de simplismo ideológico: “La ventaja de ser pobre”. Resulta obvia la intención de burlarse del papa Francisco y de su labor en muchos barrios pobres de Buenos Aires. La burla ya está presente en aquel corto pavoroso donde un cambista callejero de divisas trata engañosamente bien a un matrimonio brasileño, les dice adiós y después avisa a sus cómplices dónde llevan guardados los dólares los turistas y dónde los pesos argentinos recién adquiridos. Otra vez la pregunta: ¿y la policía? ¿No se quejarán los dos turistas, tan amables y confiados? ¿No detendrá la justicia a una banda que opera con tales niveles de impunidad?
La asistenta, película de Paul Feig también reciente, incurre en similares manipulaciones simplistas. Y al final parece que se justifica que una joven vaya haciendo justicia por propia mano, a ciencia y paciencia de la policía. La película se basa en una novela muy vendida. ¿La novela incurre en estas simplificaciones? Si así fuera, estaríamos hablando de un público lector que carece de nociones básicas de verosimilitud y de mínima exigencia a los autores.
Juan Rulfo sigue creciendo.
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