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Hacia finales de 1988, nuestra amiga, la escritora y periodista Victoria Calderón, nos regaló una tarántula enorme, negra, brillante, con puntos anaranjados en las articulaciones de sus patas. Le pusimos por nombre La chacha.
La mantuvimos cautiva en una caja transparente de plástico y la alimentábamos con un algodón bañado en agua azucarada que chupaba con avidez y a veces le comprábamos grillos o le dábamos mariposas nocturnas, a las que dejaba secas en segundos. La sacábamos de su hábitat para que paseara un rato por los brazos de Salvador Elizondo; él, fascinado, y yo, un poco horrorizada. En realidad no me atreví nunca a tocarla. Me limitaba a mantenerla limpia y alimentada. A los pocos meses notamos que la tarántula perdía su brillo, estaba decaída y no comía. Una tarde la dimos por muerta, pues ya no se movía y yo procedí, con tristeza, a depositar la caja cerca de la basura con la tarántula aparentemente muerta aún adentro.
Por la noche, ya arreglada para salir a un concierto a la Sala Nezahualcóyotl, me acerqué a la caja y noté algo extraordinario: ¡No! no estaba muerta la tarántula, estaba cambiando de piel, y como un parto con dificultad emergía renovada dejando su piel vieja a un lado. De inmediato metí la caja y corrí por mi cámara, eran los momentos finales de la separación y con la lámpara de buró iluminé la escena, no había tiempo para más.
Son los momentos dados ideales para un fotógrafo y es una suerte poderlos capturar.
Después de mi observación compré un librito titulado All about tarantulas, que me esclareció que las tarántulas cada dos o tres años cambian de piel, igual que las serpientes, un espectáculo maravilloso de la naturaleza, ¿no les parece?
***Foto: Momentos finales del cambio de piel de la tarántula La chacha, ca.1987-88. (FOTOS: CORTESÍA PAULINA LAVISTA)
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