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Una de las cosas fascinantes de la casa de subastas es ver todo lo que llega para subastarse; recibimos prácticamente de todo y es en esta variedad donde aparecen objetos interesantes, hermosos, originales, copias, raros y algunos con historias curiosas, como es el caso que les voy a platicar.
Sucedió después de la subasta que realizamos en una casa muy grande y muy bonita en las Lomas de Chapultepec que pertenecía a una señora, hija única de un empresario norteamericano que hizo muchos negocios en México y sobra decirlo, también dinero.

La casa tenía muy buena pintura, escultura y objetos decorativos de buena calidad. La subasta fue un éxito por la calidad de todo lo que vendimos.
Pasaron unos días y uno de los compradores, un hombre en sus treintas asiduo comprador a las subastas con su hijo de unos doce años, me pidió una cita para comentarme algo de la subasta de esta casa en las Lomas de Chapultepec.

Lo recibí en mi oficina en compañía de su hijo, traía en la mano lo que parecía una pintura pequeña envuelta en plástico burbuja y que después de los saludos la desenvolvió sobre el escritorio para mostrarla, no era otra cosa que una pintura de 20 x 30 cms de un paisaje suizo que acababa de comprar en la subasta de las Lomas, la reconocí inmediatamente.

Lo primero que pensé cuando me la mostró es que venía a reclamar algo, quizás que la obra no correspondía a la descripción o que tenía algún defecto oculto, pero no. Resulta que él, siendo coleccionista, lo que hizo llegando a su casa fue desmontar la tabla de la pintura del marco donde venía y ¡oh sorpresa! se encontró con un juego de llaves de una caja de seguridad, lo más seguro una caja de seguridad en Suiza, por lo del paisaje…
Para mí la historia termina ahí. Después de haberle dado los datos de los herederos para que los contactara y mostrara las llaves, nunca volví a saber de él ni de su hijo…

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