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La violencia que se vivió el sábado en la terminal dos del aeropuerto de la Ciudad de México se veía venir. Hubo incapacidad de controlar a barristas, que con ese ímpetu de arropar a sus equipos hacen lo que se les pega la gana ante los ojos de las autoridades federales que vigilan los aeropuertos.
Una historia de violencia que pudo evitarse si existiera efectividad en los cuerpos de seguridad. Desde las 15:30 horas, cerca de 200 personas —aficionados de Chivas — hicieron una valla humana para recibir a sus ídolos, quienes tendrían que salir por ahí después de que aterrizara el avión. Pero el equipo llegó con cuatro horas de retraso.
Cuando por fin llegaron, los futbolistas salían poco a poco, custodiados por la policía. Hasta que a uno de los guardias se le ocurrió empezar a empujar a los aficionados con mala leche y violencia desmedida. Es decir, durante cuatro horas de espera, no tuvieron la inteligencia, ni mucho menos la capacidad, para disolver la magnitud de recepción que planificó la barra de Chivas. Cuando sólo faltaban por salir Rodolfo Cota y Alan Pulido , se descontroló todo porque un aficionado le dio un “zape” a un policía y éste le regresó una cachetada. Fue el pretexto perfecto para que la policía siguiera violentando injustificadamente a los aficionados, hasta que un grupo —de aproximadamente 50— se lanzó a golpearlos, persiguiéndolos por toda la sala de llegadas de la T2, causando pánico entre la gente, que no tenía ni idea de lo sucedido.
Violencia, sí, mucha violencia. No es novedoso que en el aeropuerto se junten barristas para recibir jugadores y equipos. Lo que es inverosímil es que las autoridades no estén preparadas para esto. Puede ser un acto loable de los aficionados, pero un aeropuerto no es un estadio y no se deben permitir este tipo de manifestaciones, porque ponen en riesgo la integridad de viajeros, autoridades; incluso, de los futbolistas. Parece que México es el país del no pasa nada y, efectivamente, no pasó nada. Los policías no fueron castigados, los barristas que intentaron agredir a la autoridad y quienes sí hicieron contacto con los efectivos, no fueron detenidos.
Terminal que recibe vuelos trasatlánticos, donde debe estar soportada la vigilancia con policía federal y la imagen de este país debería ser óptima en todos los sentidos, cuidada. Es lo contrario porque nadie se atreve a nada y un grupo de 300, 400 o 500 personas que acuden a recibir a un equipo de futbol causa una desagradable y pésima imagen, sin contar los daños colaterales que trae algo así.
Prohibido debería estar recibir a clubes, y si no se atreven a impedirles el paso a las zonas de espera de pasajeros, entonces que tengan 10 centavos de inteligencia y no saquen a los equipos por donde pueden causar un drama, una verdadera tragedia, la cual está cada vez más cercana.
Ojalá las autoridades aeroportuarias diseñen inmediatamente protocolos para no volver a ver cómo aficionados secuestran sus terminales
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