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Según parece, Andrés Manuel López Obrador quiere dejar poco espacio a la sorpresa o la especulación. Su gabinete, o buena parte de él, fue develado desde la campaña. En el segundo y tercer nivel de la administración pública federal, las designaciones han caído en cascada desde la elección presidencial. Muchas más se esperan para las próximas semanas.
En la futura Secretaría de Seguridad, el titular está designado desde hace meses: Alfonso Durazo Montaño. Los siguientes niveles siguen vacantes, pero eso podría cambiar en cuestión de semanas. Con toda probabilidad, la mayor parte del equipo estará ya designado para finales de octubre
¿Quién debería conformarlo? No quiero entrar en una especulación de nombres. Pero van algunas humildes sugerencias para definir los rasgos generales de un posible equipo:
Apostar por el mando civil: no tengo más que respeto por los oficiales del Ejército o la Marina, pero es importante hacer distinciones entre la función militar y la seguridad pública. Eso empieza (debe empezar) desde la cabeza de las instituciones federales de seguridad pública.
Marcar diferencias entre el gobierno de las instituciones y el mando operativo: para las subsecretarías, habría que considerar a personas con experiencia en tareas de seguridad pública, pero no necesariamente policías. Su responsabilidad es gobernar el aparato federal de seguridad pública, no tomar decisiones operativas. En cambio, como comisionado general de la Policía Federal, se debe considerar a un policía de carrera: se debe enviar el mensaje a toda la estructura de que es posible llegar por la vía del mérito al ápice de la corporación.
Incluir en la selección el compromiso con la reforma institucional: nuestras instituciones de seguridad y justicia son obra en construcción (para decirlo gentilmente). Salvo excepciones, las policías son cuerpos mal pagados, mal entrenados, mal equipados, poco motivados, terriblemente vulnerables a la corrupción y la intimidación. Una descripción similar vale para el sistema penitenciario, por ejemplo. Para modificar esa realidad, se requieren muchas reformas: desde el establecimiento de normas homogéneas de reclutamiento y profesionalización hasta el fortalecimiento de las unidades de asuntos internos, pasando por la construcción de un régimen específico de seguridad social. Nada de eso es fácil ni rápido. Por tanto, resulta indispensable que el nuevo equipo esté plenamente comprometido con una agenda de reformas, no sólo para transformar a las instituciones federales, sino para proveer liderazgo en el proceso de cambio a nivel estatal y municipal.
Valorar la apertura a la supervisión y el escrutinio externos: los mejores cuerpos de seguridad del mundo son los más vigilados. Ojalá, el nuevo equipo esté no sólo comprometido con la transparencia y la rendición de cuentas, sino abierto a innovar con mecanismos de supervisión. Organizaciones como INSYDE o Causa en Común, por ejemplo, han propuesto desde hace años la institución de mecanismos formales de control externo sobre las policías, empezando por la PF. Sería un gran gesto para la sociedad civil por lo menos explorar la posibilidad de esa idea.
Hay muchas otras características deseables en los integrantes del nuevo equipo (p.e., comodidad con enfoques cuantitativos, experiencia en temas internacionales, interlocución probada con la sociedad civil, etc.), pero no son esenciales. A mi juicio, lo fundamental es que el nuevo cuerpo de dirección esté comprometido con a) el control civil sobre las fuerzas de seguridad, b) la reforma institucional, y c) la fiscalización externa. Con eso, me daría por bien servido.
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