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Los puños en alto en señal de no hacer ruido. En la profunda incertidumbre de la noche, sólo se oye el aliento agitado de los cientos de seres reunidos al llamado de la esperanza.
Nadie quiere escuchar su cansancio, sus propios miedos y sus penas, solo quieren escuchar los latidos de vida emergiendo entre las piedras.
Aunque nadie habla, las miradas dicen más que las palabras. Miradas que se abren paso entre el polvo de los escombros, con la determinación y la certeza de que se juega la vida de un hermano.
Jóvenes, viejos, mujeres, hombres y los fieles perros. El que ofrece comida y el que soporta la pesada carga. No los detendrá nada.
Los brazos levantados son más fuertes que las columnas destruidas. El eco de los corazones impulsan una infatigable jornada en donde todos somos uno, rodeados de confianza.
Muros derruidos, varillas retorcidas, colosales masas de concreto, no dejaremos que sepulten tantos sueños. Habrán de ser removidos, bloque por bloque, con la fortaleza unida de tantas manos.
Madre Tierra, prodigioso milagro que durante eones ha engendrado la vida, en sus inconmensurables ciclos se agita desde sus entrañas. Pareciera ser que para mantener la existencia, a veces necesita de una dolorosa ofrenda de lágrimas.
Padre, madre, hija, abuela, hermano, amigo. Somos una familia. Somos todos. Te abrazamos desde aquí. No te abandonaremos.
Elevamos una plegaria entre el ruido de los picos y las palas. Te acompañamos en tu silencio quitando piedras y escombros para que puedan extenderse las luminosas alas de vida de tu alma.
(un personal reconocimiento a todos aquellos que acudieron a las zonas de desastre)
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