Rodrigo Esparza Vázquez

Antes de nuestra eliminación del Mundial, una pregunta se volvió canto, meme y estado de ánimo colectivo: ¿y si sí? Era una forma simple de imaginar lo difícil: alcanzar un quinto partido, disputar una final, creer que esta vez podía ser distinto. Hoy esa pregunta merece salir de la cancha y trasladarse a uno de los mayores desafíos del país: modernizar nuestra matriz eléctrica.

Si el Plan de Expansión de Generación anunciado por la Secretaría de Energía se materializa, México incorporaría alrededor de 32 GW de nueva capacidad hacia 2030, de los cuales aproximadamente 70% correspondería a tecnologías renovables y el resto a capacidad térmica y de almacenamiento para fortalecer la firmeza y flexibilidad operativa del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). En términos prácticos, significa incrementar casi un tercio la capacidad instalada del país y construir, en apenas cinco años, una expansión equivalente a toda la capacidad neta que México incorporó durante la última década. Nunca habíamos intentado construir tanta capacidad de generación eléctrica a esta velocidad.

Este nuevo arreglo incorpora la planeación vinculante, reafirma a la CFE como eje de la expansión del SEN y establece a los Esquemas de Desarrollo Mixto (EDM) como principal vehículo para desarrollar nueva capacidad de generación junto con el sector privado. Pero su implementación ocurrirá en un entorno más complejo que el de los ciclos de expansión previos: mayores costos de financiamiento, cadenas de suministro presionadas y largos tiempos de entrega para equipos críticos, en un contexto de creciente electrificación de la economía.

No partimos de cero. Hasta finales de los años 80 la CFE desarrolló y financió directamente la mayor parte de la infraestructura de generación del país. Conforme cambiaron las restricciones presupuestales y las necesidades de inversión, también evolucionaron los mecanismos para construirla. La historia reciente del sector eléctrico ha sido la evolución de los mecanismos con los que México ha financiado, desarrollado y construido la infraestructura necesaria para atender una demanda eléctrica en constante crecimiento, bajo contextos económicos, tecnológicos y políticos distintos.

Al inicio, los Pidiregas, principalmente a través de los Productores Independientes de Energía (PIEs), permitieron mantener el ritmo de expansión cuando el presupuesto público dejó de ser suficiente. Bajo este esquema se incorporaron alrededor de 17 GW y se consolidó una industria capaz de desarrollar, financiar y operar centrales de gran escala. Posteriormente, la figura jurídica del “autoabasto” impulsó cerca de 15 GW adicionales, aceleró la electrificación industrial y dio origen a buena parte del desarrollo eólico del país. Más adelante, la Ley de la Industria Eléctrica (LIE) detonó alrededor de 15 GW adicionales mediante Subastas de Largo Plazo y proyectos de Suministro Calificado, ampliando las capacidades del sector para desarrollar centrales renovables y competir en un mercado. Tras el paso de las Obras Públicas Financiadas (OPF), los EDM representan el siguiente paso en esa evolución: combinar la rectoría del Estado vía la CFE con las capacidades técnicas, financieras y empresariales desarrolladas durante más de tres décadas.

El éxito de los EDM dependerá de demostrar que el nuevo modelo puede implementarse con rapidez y desarrollar proyectos en condiciones competitivas para acelerar la modernización del parque de generación del país. No es casualidad que estados fronterizos como Nuevo León, Coahuila y Chihuahua se involucraran activamente en una agenda energética que históricamente ha recaído en la Federación. La presión por atraer inversiones en manufactura avanzada convirtió la disponibilidad de energía en un factor decisivo. La competitividad no depende únicamente del costo de la energía, sino de contar con ella de forma oportuna en el lugar donde se necesita.

El nuevo arreglo institucional ofrece a México la oportunidad de recuperar su capacidad de ejecución. En Why Nothing Works, Marc Dunkelman sostiene que uno de los grandes desafíos de las democracias contemporáneas es que construir infraestructura se ha vuelto cada vez más difícil por la proliferación de actores y vetos, así como por el debilitamiento de la capacidad gubernamental para ejecutar grandes proyectos. Si el renovado papel de la CFE y la nueva arquitectura del sector logran traducirse en nueva capacidad de generación eléctrica, el país fortalecerá la confianza para invertir y demostrará que el Estado puede volver a ejecutar proyectos estratégicos con oportunidad y escala.

Los EDM enfrentan una curva de aprendizaje en un contexto de presión temporal, financiera y operativa. Aun considerando los recursos de la CFE y el papel de la banca de desarrollo, poco más de la mitad de la inversión para incorporar nueva capacidad de generación dependerá de movilizar capital privado por cerca de 400 mil millones de pesos. La prioridad, por tanto, debería ser identificar, cuanto antes, los ajustes necesarios para que los primeros proyectos alcancen cierre financiero y comiencen a construirse. La asignación de riesgos determina el costo del capital. La experiencia de esos primeros proyectos permitirá evaluar si la distribución de riesgos, responsabilidades e incentivos del modelo logra alinear los intereses y los retornos esperados de cada participante para movilizar el capital que el programa requiere o si será necesario introducir ajustes para que el esquema evolucione.

En esencia, modernizar la matriz energética significa disponer de energía suficiente, confiable, asequible y cada vez más limpia para sostener la competitividad del país. Significa cerrar oportunamente la brecha entre oferta y demanda, renovar un parque de generación que, en el caso de los activos de la CFE, se acerca a cinco décadas promedio de antigüedad, y crear las condiciones para que nuevas inversiones encuentren la infraestructura que necesitan antes de decidir dónde instalarse.

La modernización de la matriz energética no termina con la construcción de 32 GW. Si el país logra ejecutar este programa con éxito, habrá recuperado algo aún más valioso: la capacidad de construir infraestructura estratégica. Ese músculo deberá extenderse a las redes de transmisión, el almacenamiento y las siguientes etapas de modernización y expansión del SEN. Quizá entonces el "¿y si sí?" deje de ser una pregunta para convertirse en una forma de construir y crecer.

*Abogado y especialista en energía.

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