Durante años hemos hablado de teléfonos más rápidos, con mejores cámaras o con baterías más duraderas. Hoy la inteligencia artificial dejó de ser una función más y empezó a convertirse en la lógica que organiza toda la experiencia. El cambio es arquitectónico, no sólo cosmético.

La forma en que interactuamos con nuestros dispositivos se mueve hacia interfaces completamente basadas en IA, ya sea ejecutando modelos directamente en el chip del teléfono, lo que se conoce como on-device AI, o consultando modelos en la nube cuando la tarea lo requiere.

Esto no surge de la nada. La IA lleva años dentro de nuestros dispositivos a través de algoritmos que recomiendan contenido, optimizan el consumo de batería o mejoran fotos en tiempo real. Lo que evolucionó es la profundidad de esa relación.

El hardware ya no es independiente del software

La exigencia computacional de la IA generativa ha obligado a rediseñar los cimientos del hardware. Los fabricantes de chips han respondido con unidades de procesamiento neuronal —conocidas como NPUs— cada vez más potentes.

Los chips de última generación ya pueden procesar consultas de IA a más de 200 tokens por segundo, casi tres veces más rápido que sus versiones anteriores. Esta aceleración es lo que hace posible que un teléfono "piense" en tiempo real, sin latencia perceptible para el usuario.

También cambia lo que exigimos en términos de almacenamiento y memoria. Los modelos de lenguaje pequeños (Small Language Models o SLM), diseñados para correr localmente en el dispositivo sin depender de Internet, requieren entre 2 y 7 GB de memoria dedicada. No es casualidad que la industria esté migrando hacia memorias y almacenamiento de nueva generación como estándar en los equipos de gama alta.

La experiencia depende de entender al usuario

Hay un punto que suele perderse en la discusión técnica: la experiencia depende de qué tan bien el sistema entiende al usuario. Los dispositivos modernos construyen modelos de comportamiento alrededor de hábitos, es decir, qué consumes, cuándo lo haces, cuánto tiempo pasas en ciertas aplicaciones, y esa información, tratada con cuidado y bajo principios de privacidad por diseño, permite inferencias mucho más precisas y útiles.

En ese contexto, la interfaz cobra un peso equivalente al de las especificaciones técnicas y la interconectividad también se vuelve determinante.

Los smartphones líderes del mercado están diseñados como nodos dentro de ecosistemas más amplios que incluyen wearables, dispositivos domésticos inteligentes y sensores IoT. Esa integración no es opcional, define el tipo de adopción y el valor real que el usuario experimenta.

La llegada de los agentes de IA

Y ahí aparece el siguiente paso: los agentes de IA. La combinación de modelos tradicionales de machine learning con capacidades generativas permite construir sistemas que toman decisiones dentro de límites definidos, no solo responden.

Los dispositivos de punta que llegan al mercado en 2026 ya incorporan capacidades agénticas que pueden, por ejemplo, leer una invitación de calendario, cruzarla con el tráfico en tiempo real y sugerir —o incluso ejecutar— la reserva de un transporte, sin que el usuario abra una sola aplicación.

El teléfono deja de ser una herramienta que espera instrucciones y empieza a ser un sistema que anticipa necesidades.

Seguridad como parte del diseño, no como complemento

A medida que los teléfonos incorporan modelos más grandes y acceso a más datos personales, la seguridad deja de ser un extra y se convierte en parte del diseño del sistema.

Los SLM que corren localmente en el dispositivo tienen una ventaja directa aquí. Al no transmitir datos a servidores externos, reducen la superficie de ataque. La tendencia de la industria apunta a integrar seguridad a nivel de chip, no solo de software, haciendo que la protección sea estructural y no reactiva.

Los cimientos invisibles que lo hacen posible

Eso sí, hay una condición que no cambia: sin datos de calidad no hay inteligencia artificial que funcione bien. Canalys estima que apenas 16% de los smartphones en 2024 eran verdaderamente AI-capable, pero que esa cifra podría superar 50% para 2028.

Las empresas que hoy lideran este espacio llevan años invirtiendo en limpieza, estructuración y gobierno de datos. Esa inversión no es visible para el usuario, pero es la que hace posible todo lo demás.

Por eso, cuando se habla del futuro de los smartphones, no basta con mirar las funciones nuevas. Hay que observar qué tan bien están construidos los cimientos, la calidad del dato, la arquitectura del modelo, la seguridad del chip y la coherencia del ecosistema.

Desde mi perspectiva, el diferenciador estará en quién logre integrar las herramientas de IA de forma más útil y discreta.

En otras palabras, el teléfono inteligente del futuro será el que sepa cuáles cosas hacer por ti, en el momento correcto, de forma segura, y sin que tengas que pedirlo dos veces.

Vicepresidente Adjunto de Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial en AT&T México

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