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El proceso electoral volverá a traer un episodio en el que los países acreditarán la resistencia de sus escudos financieros y la fortaleza de sus fundamentales económicos para sortear la volatilidad y hacer uso de ellos si fuera necesario.
En 2018, los mercados cerraron el primer semestre con estabilidad, previo a las elecciones presidenciales. El tipo de cambio terminó en 19.69, la Bolsa Mexicana de Valores ganó 1.3%, al quedar en 47 mil 663 unidades y los Cetes en 7.70%.
México tenía entonces reservas internacionales por 173 mil 172 millones de dólares y una Línea de Crédito Flexible (LCF) del Fondo Monetario Internacional (FMI) de 88 mil millones de dólares.
Las reservas hoy están en 212 mil millones de dólares, la LCF llega a 35 mil millones de dólares y hay una línea de swaps de la Reserva Federal de Estados Unidos por hasta 60 mil millones de dólares.
El escudo financiero es de 84 mil millones de pesos depositados en los fondos de estabilización para enfrentar menores ingresos por petróleo o por recaudación de impuestos, y para resarcir a los estados y municipios que sean afectados a través de las aportaciones y participaciones federales.
Regina Labardini, economista de GBM, enfatiza que hoy las reservas internacionales están en máximos históricos y el peso está muy fortalecido.
En tanto que la deuda pública en relación al Producto Interno Bruto (PIB) sigue por debajo del umbral de 55% para los países con la calificación crediticia de riesgo similar a la de México.
“Eso ha ayudado a brindar certidumbre a los inversionistas”, asegura.
Sólo ve como riesgo una desaceleración más pronunciada en Estados Unidos, pues pegaría a México por el lado de las exportaciones.
Hace notar un factor que no estaba presente en las elecciones pasadas: el nearshoring.
“Creemos que existe un poco de antídoto. México logró posicionarse como el socio principal de Estados Unidos, a pesar de que las importaciones de nuestro socio se han reducido de manera continua”, señala.
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