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Ser, hacer y tener es la lógica de vida que debe prevalecer. No podemos modificar éste orden. De lo contrario generamos sociedades seducidos por lo material, efímero y carente de sentido, pero también de una continua sensación de fracaso.
Planes de estudio actuales, basados en el modelo por competencias, educan para que el individuo se convierta en la pieza de una gran maquinaria y sirva a un sistema determinado. Esto reduce sustancialmente el poder creativo y de innovación del profesionista que sólo reproduce lo ya ideado y probado. No se atreve a imaginar y mucho menos a implementar cambios que podrían generar valores agregados a los productos o servicios. El poder del Ser queda entonces acotado.
El "éxito" probado paulatinamente se desgasta y perece. En una sociedad de continuos cambios, globalización e información inmediata, los consumidores se vuelven más exigentes y crecen las expectativas. Nadie se conforma con lo que ya se tiene. Quieren más calidad y aportes de las marcas.
Si el profesionista se limita sólo a replicar lo ya hecho vuelve obsoleto su trabajo. Queda fuera del sistema que lo orilló al conformismo. Si, en cambio, asumió el verdadero papel de ser un agente del cambio en una sociedad determinada, podrá generar continuamente ideas que se traduzcan en una ampliación de sus propias capacidades y de la marca y empresa para la que trabaja.
Impulsar la capacidad de cada colaborar implica equilibrar perfectamente las metas de resultados con parámetros realistas y factibles, implementar políticas organizacionales donde se escuche efectivamente a los colaboradores y se premien soluciones y aportes a lo largo de la cadena de creación y suministro de un producto o servicio.
En las universidades, asimismo, deberá equilibrarse la teoría con la práctica. Y en ésta última la aplicación a problemas reales y concretos en cada uno de los sectores económicos en los que puede incidir el conocimiento. Lograrlo implica generar acuerdos de investigación, desarrollo, intercambios de planes de estudio y acuerdos con el sector productivo, no sólo del país o región, sino de instituciones globales.
El papel que tienen ahora las universidades rebasa las aulas. Debemos como sociedad detectar a quienes aportan conocimiento, sabiduría y servicio, donde los dones no se limiten a servir a un sistema, sino que cada uno de los profesionistas sepa que puede generar grandes aportaciones con sus dones.
Otorgar un Doctor Honoris Causa, más que nunca, fortalece la autoestima de cada persona que salió de los parámetros de sólo cumplir y se adelantó a las expectativas de una comunidad específica y con su trabajo le dio la posibilidad de soñar y crecer. Este reconocimiento a lo mejor de nuestra sociedad es una muestra de que se pueden forjar sabios, creadores, científicos y artistas en el asfalto cotidiano. Es revivir la idea de que el ser puede hacer y con ello tener. Es ser congruentes con los principios de trabajo y lealtad que deben estar en cada persona del mundo. Es honestidad.
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