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En la familia Esparza Retana han sido guadalupanos siempre. Aunque fieles y devotos, nunca le pidieron nada a la Virgen Morena hasta apenas hace tres años, cuando a Sebastián, el menor de los nietos, le fue detectado una agresiva leucemia que lo tuvo al borde de la muerte.
Los doctores le dieron sólo un mes de vida: lo desahuciaron a los tres meses de edad. Como último recurso, se lo ofrecieron a la Virgen de Guadalupe y a San Juan Diego, porque no había nada que hacer según los médicos. Al día siguiente, cuenta Margarita, su mamá, milagrosamente el niño sanó.
“Se lo debemos a Juan Diego, él le dio vida otra vez. Se lo trajimos un domingo a la Virgen, yo se lo ofrecí a Juan Diego y nos hizo el milagro. Los médicos dicen que no saben cómo se curó tan rápido, por eso los adoramos”, cuenta la mujer, que ofreció como manda que Sebastián visitará el cerro del Tepeyac hasta que tenga 18 años con la indumentaria característica del santo indígena, al igual que lo hicieron otros cientos de niños.
Mientras, su padre debe subir de rodillas hasta el punto donde, cuentan las crónicas, se apareció por primera vez la Virgen al santo indígena.
Desde entonces no han faltado los 12 de diciembre, pero antes hacen una peregrinación desde Pachuca. El sacrificio, el dolor y cansancio no son nada en comparación con lo que les ha dado la Virgen de Guadalupe.
El milagro de Juan Diego en la familia se extendió. Dos nietos más que, aseguran, de manera constante se enfermaban también fueron ofrecidos y ahora gozan de una salud envidiable, por lo que también desde los dos años hacen el perigranaje con la indumentaria del santo.
“No tenemos manera de agradecer todo lo que nuestra madre ha hecho por nosotros. De paso aprovechamos para agradecer lo bien que se porta con nosotros año con año”.
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