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Inexplicablemente, esta transición entre el gobierno saliente y el entrante es larguísima. Cinco meses transcurren entre el día de la jornada electoral hasta que el presidente electo rinde protesta e inicia su mandato. Esa suerte de eclipse provoca efectos de todo tipo dada la prisa de uno por gobernar y del otro por despedirse. En efecto. Pareciera que la urgencia precipita la agenda, anuncios y nombramientos del candidato ganador, Andrés Manuel López Obrador, mientras que, para el todavía presidente constitucional, Enrique Peña Nieto, la prisa está en terminar cuanto antes su gestión, hablar lo menos posible y no hacerle sombra al imponente triunfador de la contienda. Empero, no creo que estemos frente al mejor de los ejercicios para ninguno de los actores en escena. Por una parte, la serie de anuncios y polémicas decisiones que ha formulado AMLO han generado más dudas que certezas. Y los nombramientos que ha anticipado, señaladamente el escandaloso caso del impresentable Manuel Bartlett, han decepcionado profundamente al respetable. ¡Es más de lo mismo! espetan. Ciertamente, la agenda la marca López Obrador pero, al hacerlo, agota también su bono democrático con demasiada antelación. Sus políticas públicas son inconexas y de frágil sustento mientras que la mayoría de los nombres que presenta como su próximo equipo cercano no perfilan, que digamos, experiencia en sus respectivas carteras sino, más bien, improvisación y lealtad a su jefe.
Del lado del presidente Peña Nieto, se percibe una suerte de abdicación o salida anticipada. Y no es que quisiéramos ver una competencia de protagonismos. Para nada. Se entiende bien la lógica de la transmisión del poder. Pero cuando menos sería deseable presenciar el debate de ideas y la defensa de las decisiones que marcaron a este gobierno. Pueden hacer los entrantes las peores críticas al sector energético a pierna suelta y no encuentran, del otro lado de la cancha, una sola voz que defienda o desmienta. Dentro de los 50 puntos de AMLO para la austeridad y combatir la corrupción hay de todo, como en botica. Es un collar de ocurrencias, de lugares comunes o de acciones de difícil o imposible implementación. En otros casos, nos topamos con disposiciones que ya existen en la legislación vigente o, de plano, con decisiones que atrofiarán la administración pública y que acusan un evidente desconocimiento de lo que se habla. Pocas voces se levantan para exhibir el despropósito. En su vértigo, el próximo gabinete no ha tenido tiempo para hacer un diagnóstico real de la situación en los distintos sectores y comenzar a articular un verdadero plan de gobierno. Su afán protagónico los lleva a pifias como la de anunciar la participación del Papa en sus diálogos de paz para ser de inmediato desmentidos, perfilar una Constitución Moral para una república laica o anunciar que los impuestos ahora se llamarán “contribuciones”. En suma: tenemos un virtual presidente electo y un virtual presidente constitucional. Y dentro de esta rara transición, una noticia refrescante fue el cordial encuentro entre López Obrador y José Antonio Meade. Madurez y estatura políticas que siempre serán bienvenidas. Nobleza obliga.
Senador de la República
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