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Con motivo del centenario del natalicio de Nelson Mandela , uno de las grandes líderes del siglo XX y cuyas ideas forman parte de los valores de la democracia liberal, el expresidente de EU Barack Obama dio un interesante discurso acerca del perturbador riesgo que enfrenta la democracia en diferentes partes del mundo.
Me parece oportuno dedicar esta entrega a explicar por qué las reflexiones del ex presidente Obama están más vigentes que nunca en el momento por el que atraviesa nuestro país.
Como bien señala Obama, al finalizar la II Guerra Mundial el mundo comenzó a alejarse de un modelo en que las relaciones entre gobernantes y gobernados estaban basadas en los principios de superioridad, fuerza y coerción. Un mundo donde la mayoría de la población apenas subsistía sin ninguna voz o influencia en la política y en las fuerzas económicas que determinaban su destino.
Las naciones tuvieron un proceso de alejamiento de los regímenes totalitarios, en los cuales sus habitantes estaban a merced de los caprichos y errores de gobernantes alejados de su realidad, y donde una persona promedio no tenía posibilidades reales de trascender las condiciones de su nacimiento, por más méritos que tuviera.
No fue una transición homogénea y sin retrocesos, mucho menos simultánea. Primero vinieron las hoy viejas democracias occidentales, pero a partir de ahí hubo un proceso más o menos consistente en que cada vez más países abrazaron una nueva visón del mundo basada en los principios de autodeterminación, democracia, estado de derecho y derechos civiles.
El respeto a la igualdad y a la dignidad inherente a cada ser humano, conceptos centrales en el pensamiento de Mandela, lograron consolidarse como valores fundamentales de las democracias, sacando adelante políticas que por primera vez dieron acceso sin distinción a educación, salud, trabajo y todos los derechos individuales que hoy damos por sentado.
De acuerdo con el expresidente Obama, esta nueva forma de concebir el mundo y razón de Estado, logró establecer controles a algunos de los excesos del capitalismo clásico y hacer realidad la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. Como resultado el crecimiento económico explotó y las clases medias se multiplicaron alrededor del mundo.
Las fuerzas económicas integradoras y el rápido cambio tecnológico no hicieron más que potenciar este crecimiento, sacando a miles de millones de seres humanos de la pobreza y generando riqueza y bienestar sin precedentes en la historia de la humanidad.
No obstante que las sociedades se volvieron más libres, más ricas, más tolerantes y menos violentas, Obama reconoce que la falta de sensibilidad de las élites y los gobiernos para resolver los extremos desequilibrios y desigualdades que se han generado durante años, está poniendo en riesgo los enormes avances alcanzados.
Hoy vemos en todo el mundo cómo fuerzas reaccionarias y retrógradas, principalmente encarnadas, otra vez, en liderazgos unipersonales y autócratas, están aprovechando el desencanto de las poblaciones alrededor del mundo para seducirlas con soluciones aparentemente diferentes, pero probadamente fracasadas.
Ahí están los ultranacionalismos de Rusia, Turquía y Filipinas, ahí están las tendencias aislacionistas en EU y el Reino Unido, los populismos de izquierda en Latinoamérica, incluso la nueva ola de partidos de extrema derecha en Europa continental.
Hoy, a cien años del nacimiento de Mandela, estamos en una nueva encrucijada , y el camino no está en el reposicionamiento del autoritarismo o la vuelta a la brutal, pero efímera, eficiencia de los regímenes autocráticos. No, la respuesta está, más bien, en una reingeniería del Estado y sus instituciones, en más y mejor democracia e implementar políticas públicas que nos permitan abatir las desigualdades que persisten en nuestro país.
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