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Luego de ser el ídolo que hizo soñar a todo un país con un quinto partido en el Mundial de Brasil; el amigo de los periodistas que siempre respondía; el entrenador que, eufórico, abrazaba y rodaba por el suelo con sus jugadores cuando ganaban o metían gol; el consentido de los publicistas que hacía comerciales a destajo...
De la noche a la mañana la vida de Miguel Piojo Herrera dio un giro para convertirlo en uno de los hombres más despreciados por su carácter explosivo, en el que no reconocía sus errores tácticos y quería ganar a cualquier precio, el de la imagen sobreexpuesta, en el que se sentía con el derecho de violar la ley electoral en favor de un partido político, en el que quería arreglar a golpes sus diferencias con quienes lo criticaban.
En otras palabras: El Piojo mostró el cobre y rebasó la delgada línea que divide al ídolo pícaro con el gandalla bravucón. No supo jugar limpio, no supo tener clase. En vez de pedirle a su jugador que fallara un penal producto de un error (ese gesto de fairplay le habría dado la vuelta al mundo) golpeó a un comentarista.
Lo irónico es que se fue por la puerta de atrás luego de ganar su único torneo con el equipo. Eso sí, con una fortuna estimada en 130 millones de pesos. Pero si eso fue en menos de dos años, cuánto habría ganado si llega al Mundial de Rusia 2018.
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