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Siempre es difícil para el fundador de una empresa alejarse del emporio que creó, pues en él ha desarrollado sus habilidades y volcado su pasión. Esperar a que la muerte lo aleje de su empresa puede quebrantar su legado, por lo tanto es necesario planear su retiro a tiempo para asegurar el desarrollo continuo de la organización, brindar estabilidad a la familia y a la empresa y, sobre todo, perpetuar su herencia.
Por todos lados —universidades, instituciones privadas y públicas— se invita a emprender nuevos negocios. Si bien es importante hablar sobre el inicio de nuevas empresas, también hace falta tratar el final del proceso, donde el emprendedor ya desarrolló e hizo crecer su empresa y llega el momento —inevitable— de pensar en un retiro y des-emprender.
El momento de la sucesión en una empresa familiar es decisivo.
Por lo general, el fundador es pieza clave: accionista mayoritario, director general y cabeza en la familia propietaria.
Muchas familias empresarias inician procesos sucesorios sin tener claros los costos que asumirán y las dificultades que enfrentarán. En el IPADE he conocido casos donde, después de mucho tiempo y dinero, la situación general de la familia y la empresa, lejos de mejorar, se encuentra en peores condiciones.
En otros casos, los miembros de la segunda generación se quejan sobre la actitud evasiva del fundador cuando se toca el tema y, conforme pasa el tiempo, se acumula el enojo y la frustración hasta que estalla una crisis.
Una sucesión fallida tiene costos directos e indirectos. Si la familia entra en una lucha por el poder y por el patrimonio que deja en herencia el fundador, lo más probable es que se destruya la propia familia y se afecte seriamente a la empresa, al grado de provocar su cierre o venta. El efecto negativo en la sociedad es significativo, porque al dañar a la empresa, se perjudica a sus empleados y familias, así como a clientes, proveedores y a la comunidad donde opera.
Todo montañista sabe bien que hace falta mucha preparación, dedicación y esfuerzo para conquistar una cumbre. Pero una vez que se ha llegado a la cima, hay que bajar. No sería lógico pensar que el montañista desee quedarse por siempre en la cima, por muy hermoso que sea el paisaje. Podría pensar “si me ha costado tanto trabajo llegar, ¿por qué he de bajar?” Algo similar sucede con el fundador. «Tanto esfuerzo para conseguir que mi empresa sea exitosa y ahora que puedo disfrutar de mis logros, ¿tengo que dejarla?».
Un proceso de des-emprendimiento puede verse como un proceso de desprendimiento, no para ya no hacer más cosas, sino para estar en posibilidad de ver hacia adelante y abrirse al abanico de opciones que se presentan.
El montañista baja de la montaña para aspirar a conquistar nuevas cumbres. El dueño necesitará salir de la empresa para emprender nuevos proyectos y actividades.
Por último, el fundador debe enfrentarse al paso final de su salida: debe ser definitiva para no regresar a la empresa a dar una orden más y evitar caer en la tentación de boicotear a las personas que se quedan al mando.
Se enfrenta a un futuro que necesita ver con optimismo y entusiasmo para apreciar todas las opciones que se le presentan y dependerá del dueño su búsqueda y construcción antes del momento de su retiro.
El recorrido es complejo, los retos significativos. El fundador y su familia necesitan de fuerza y determinación para mantenerse unidos. Así, seguramente saldrán adelante, con el impulso y apoyo decidido de su fundador, que verá cómo su empresa continua en el tiempo, aunque él haya partido.
*El autor es Director del Centro de Investigación para Familias de Empresarios del IPADE Business School
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