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La forma en que las democracias mueren ha cambiado sustancialmente tras el fin de la Guerra Fría. En el siglo pasado, tres de cada cuatro colapsos democráticos fueron resultado de golpes de Estado, a menudo perpetrados por los militares. Las democracias solían disolverse de forma espectacular, mediante el uso de las fuerzas armadas y la coerción, como en los casos de Argentina, Brasil, Chile, Guatemala, Perú, República Dominicana y Uruguay, por mencionar los casos más cercanos a México.
Tras el fin de la Guerra Fría, cuando las democracias mueren suelen hacerlo, no a manos de generales, sino de líderes electos dicen Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su reciente y oportuno libro, How Democracies Die (Crown, 2018). La principal amenaza a la democracia en el siglo XXI proviene de presidentes y primeros ministros que subvierten el mismo sistema que los llevó al poder.
En Venezuela, el caso más emblemático, Hugo Chávez inició su movimiento en contra de la élite política corrupta como una persona ajena al sistema, prometiendo construir una democracia más “auténtica”. Lanzó su revolución de forma democrática. Tras ganar las elecciones presidenciales convocó a otros comicios para elegir a una asamblea constituyente. Paulatinamente, tras una serie de victorias electorales, el régimen chavista se encaminó hacia el autoritarismo.
Las medidas que marcaron el camino incluían la recomposición de la Corte, el cierre de cadenas de televisión independientes, el arresto o el exilio de políticos de oposición, jueces y comunicadores. Las dudas respecto al carácter autoritario del régimen chavista quedaron despejadas después de la muerte del caudillo. Su sucesor, Nicolás Maduro, instaló una nueva asamblea constituyente, controlada por un solo partido, con el fin de usurpar los poderes del Congreso y dejar sin efecto el triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de 2015.
Venezuela no el único caso. Levitsky y Ziblatt, politólogos de la Universidad de Harvard, el primero especialista en América Latina y el segundo en Europa, identifican otros países donde la democracia ha colapsado, no por la intervención de los militares, sino por la acción de gobiernos electos: Georgia, Hungría, Nicaragua, Perú, Filipinas, Polonia, Rusia, Sri Lanka, Turquía y Ucrania.
En todos los casos, la regresión hacia el autoritarismo es engañosa. No está marcada por momentos en los que el régimen definitivamente cruza la línea hacia la autocracia, que lleve a sonar las alarmas. Muchas de las medidas para subvertir la democracia son “legales”, al ser aceptadas por la Legislatura o aprobadas por la Corte. Incluso suelen presentarse como esfuerzos para mejorar la democracia, como hacer más eficiente el poder judicial, combatir la corrupción o limpiar el proceso electoral.
Levitsky y Ziblatt revisan la experiencia internacional con el fin de responder una pregunta: ¿qué tan vulnerable es la democracia estadounidense a una reversión autoritaria tras el sorpresivo triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016? Con este propósito, desarrollan una prueba basada en cuatro criterios: rechazo a las instituciones democráticas, negación de la legitimidad de los opositores, tolerancia o promoción de la violencia política y restricción de libertades civiles.
Tras una revisión de la historia política de EU, Levitsky y Ziblatt concluyen que, con la excepción de Richard Nixon, ningún candidato presidencial de los principales partidos políticos había incurrido en este tipo de prácticas. Donald Trump, sin embargo, ha incurrido en todas ellas. A partir de este hallazgo, realizan un cuidadoso análisis de las instituciones guardianes de la democracia en EU y la necesidad de apuntalarlas ante la amenaza que representa el populismo y demagogia.
How Democracies Die es un buen ejemplo de la utilidad del análisis político comparado para entender la realidad propia. Su lectura sirve para poner en perspectiva los desarrollos recientes en la política mexicana tras las pasadas elecciones.
Consejero Electoral del INE
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